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24 de febrero de 2010

dinámicas de frontera | members only vs only member

a la salida del lado-gringo-del-lado-mexicano (porque en la garita de san isidro (o ysidro), como en toda frontera compleja como ésta de tijuana y san diego, que es la más transitada del mundo, hay cinco lados, no dos como se creería: está el lado mexicanoamericano por donde cruzas y se supone que estás en méxico pero ya todos los letreros –y la seguridad- son en inglés, el americanomexicano-del lado derecho- donde ya cruzaste pero todo sigue siendo en español, el americanomexicano–del lado izquierdo-donde quieres suponer que ya estás en méxico pero el dutyfree te recuerda lo contrario, lo mismo el letrero al final de las rampas y el larguísimo pasillo-puente en el que dice que hasta ahí todo lo que hiciste y dijiste durante tu caminata de 5 o 10 minutos –dependiendo de tu velocidad y prisa- quedó grabado por las autoridades estadounidense, el mexicanomexicano por donde regresas y te venden tamales y esquites a la salida de la reja –antes de la entrada del primer mcdonalds del país por este lado, y por último, el lado americanoamericano que, curiosamente, parece que sobrevuela e intimida a todos los anteriores). el caso es que a la salida del lado-gringo-del-lado-mexicano, se cruzan clandestinamente o más bien, se “acomodan estratégicamente” los que de tj asd van a regresar por la noche con los boletos del trolley “all day tripper” de los que de sd a tj terminan de usar cuando regresan de trabajar y/o gastar el salario, a diario.

el intercambio es por demás interesante, y no por el ingenio del intercambio como moneda simbólica reciclable de utilidad práctica inmediata, sino por el silencio. todos se sobreentienden, aún cuando vengas cruzando por segunda vez apenas, entiendes instintivamente lo que tienes que hacer con el boleto que traes en la mano o en la bolsa o en la chamarra. es un asunto silencioso y se respira sobretodo, es claramente complicidad. me atrevería incluso a llamarlo, aún en estas épocas cansadas del optimismo: solidaridad. es interesante (y si estás emotivamente inestable, es hasta conmovedor) ver cómo sólo en ese momento, todos los mexicanosmexicanos que cruzamos por ahí, dejamos de pretender la posibilidad mexicanaamericana o americanamexicana, o lo que se pueda, para ya a esas horas, todos cansados y con ganas de llegar a hablar sólo en español, asumir en silencio eso: que a pesar de toda pretensión bien o mal lograda durante el día, somos finalmente mexicanosmexicanos y que lo que se pueda hacer en esos 5 segundos de intercambio para ayudar al de junto, se hará en silencio, pasándole, aún frente a las cámaras escondidas de las esquinas, el “all day tripper” del trolley.

ahí entra lo de la diferencia entre el “members only” y en “only member”; se hace evidente a la vez que se hace reversible en ese preciso acto. como contexto para quien no lo haya ya adivinado, el “only member” es la versión pirata en chamarra de poliester para caballero del orginial “members only” original de los años setentas que el suburban way of life gringo puso de moda en esa década y en las que venían (es muy común encontrar las members only en tiendas de provincia hoy día, y el hecho de haberme topado con la factura pirata sólo confirma el extraño éxito de chamarra tan intrascendente) que por supuesto, más de uno en el trolley la maneja. esta vez leía “only member” y claro, la traía un migrante, y esa realidad inconscientemente portada dejo en claro entonces que traer la etiqueta equivocada que te consigna como outsider o “allien” (como dan en llamarnos en la frontera), irrevocablemente y con todas sus consecuencias, era capaz de verse subvertida del sentido de la exclusión en el acto del intercambio clandestino y silencioso del boleto al bajar del trolley, para incorporarte a la comunidad autogenerada en ese pequeño espacio perfectamente identificado en el que se paran los que van y casi no se detienen los que vienen. así que los muchos only member(s) se transforman –realmente sin mucho esfuerzo ni planeación– en members only de la comunidad de trueque y reciclaje –transitoria pero recurrente– en un “no lugar” por excelencia como los son los pasillos entre fronteras y lados, donde, aparentemente, según los sociólogos y otros, sería casi imposible generar. aquí se logra diario después de las 6 de la tarde más o menos.

marcela quiroz luna / df-tijuana
mayo 2004

diferencias de sentido

desperté, bastante antes de las seis, pensando cuáles serían las diferencias entre estar varado y encallar. lo primero fue esto...

encallar (der. de calle). intr. dicho de una embarcación: dar en arena o piedra, quedando en ella sin movimiento. //2. no poder salir adelante en un negocio o empresa.

varado, da. adj. ant. que forma varas o listas. //2. conjunto de jornaleros que en Andalucía van a las casas de campo, bajo la dirección de un capataz, para la cava, la biba u otras faenas agrícolas. //3. tiempo que duran estas faenas. //4. Ingen. Medición de los trabajos hechos en una mina al cabo de un periodo de labor. //5. ingen. este mismo periodo, por lo común de tres meses al cabo de los cuales se ajustan cuentas y se reparten las ganancias si las hubiere. //6. suma de estas mismas ganancias, y aun del dividendo que de ellas corresponde a cada accionista. //7. zam. conjunto de puercos que puede cuidar una persona.
varado, da. (del part. de varar) adj. am. dicho de una persona que no tiene recursos económicos. //2. acción y efecto de varar (un barco).

varar (de vara) tr. mar. sacar a la playa y poner en seco una embarcación, para resguardarla de la resaca o de los golpes de mar, o también para carenarla. //2. desus. echar un barco al agua. //3. intr. dicho de una embarcación: encallar en la costa o en las peñas, o en un banco de arena. //4. dicho de un negocio: quedar parado o detenido. //5. am. dicho de un vehículo: quedarse detenido por avería. //6. prnl. ven. quedarse detenido en un lugar por circunstancias imprevistas.

por principio me interesó la distinción de origen en cuanto a las finalidades del acto –porque eso sí,queda claro que ya se vare o encalle, el asunto es sobre la terminación de algo y el inicio de un periodo de descanso– así que pareciera que encallar es por causas ajenas a lo que encalla, y en contexto ha de relacionarse con la mala fortuna (aunque también una de las acepciones de varar se considere así, más no su definición primera); mientras que varar, en principio se atiende como efecto, no causa. uno decide varar su embarcación para ponerla a resguardo, posiblemente, claro, para evitar la mala fortuna.

fuera del mundo naval, los siginificados se potencializan en caminos variados. particularmente me interesó, sobre lo varado, el sentido como medición de tiempo del término, eso de los tres meses tras los cuales se evalúan las ganancias –si las hubiera– a estos fines resulta clave. lo mismo lo del número de puercos que una persona puede cuidar. es un asunto de límites y posibilidades. en el primer caso se refiere a la suma de logros por jornada en tiempo; en el segundo se trata de la capacidad de control de una sola persona sobre un espacio visible. ambos exigen sobre la extensión, ya de tiempo como de área, el control y sus resultados.

por otro lado, lo varado como algo quieto, obligadamente quieto o imposibilitado al movimiento, resulta un freno importante a las capacidades de divagación del significado. ya el negocio, o la persona, o la embarcación, para los tres siginifica básicamente lo mismo: no poder moverse por algo ajeno a la voluntad que lo padece. ahí es donde entro yo.

hace doce días que estoy en reposo obligatorio o forzoso (dependiendo la calidad del adjetivo ¬–según he podido observar– de la hora, el clima en mi balcón, las llamadas telefónicas, la cercanía de la cita médica del día y mis humores) por padecer: espondilolistésis ítsmica por espondilolisis. (por cierto, parece justamente que toma doce días aprenderse por entero la designación médica completa) el diagnóstico corresponde a un desplizamiento de la 5ta vértebra sobre el sacro con fisura, lo que ha perjudicado el disco y el nervio. así. más o menos, es lo más concreto que he podido explicar los dolores que no han parado desde entonces en la espalda y la pierna derecha, que me han obligado a vivir acostada o recostada (las dos opciones recomendadas de postura que me ofreció el ortopedista desde mi primer visita hace dos lunes, como posibilidad de supervivencia, mientras se decidía el cómo y el cuando del procedimiento quirúrgico). y sobre esto, he de decir que vivir acostada doce días es imposible para el que no toma ni siesta; así que pronto concluí que recostada era mi única opción. por recostada entiendo –especialmente cuando uno tiene estos problemas de columnas rotas– estar acostada de lado (preferentemente sobre el costado izquierdo) con los ojos abiertos, intentando verticalizar de nuevo lo que ahora por fuerza es horizontal para poder leer –ya en libro o en la pantalla–, platicar con las visitas en un sobreintento de coherencia e hilaridad sobre la sobredosis analgésica, o intentar seguir una película con subtítulos. estar recostada es, en pocas palabras, un intento, el último quizá en cuanto a posturas se refiere, por seguir en contacto con el mundo. es un esfuerzo voluntario contra lo involuntario del reposo. volviendo a los barcos, es una decisión por encallar en contra de lo varado. es posibilidad, no reducto. lo curioso resultan las implicaciones del intento. son grandes esfuerzos realmente los que le exigen a uno la posición que con tanta nobleza y serenidad se designa el recostar. por principio sea lo más molesto y rápidamente notorio, lo de la mirada. pronto se da uno cuenta que los ojos no se conforman con ver las cosas de lado así nada más y uno de ellos, el más próximo a la almohada, hace extra esfuerzos por volver a su sentido y ubicación original las cosas, la imagen de las cosas, para el cerebro, la percpeción y el entendimiento. así que al poco rato, los dos ojos, pero más uno, se ponen rojos y duelen por dentro. debe ser el músculo que intenta enderezar y enderezarse vanamente, pues, sobra decirlo, el esfuerzo no da frutos reales, tan sólo la ilusión de, estar efectivamente leyendo o llevando una conversación semi-normal. el otro síntoma de gravedad empieza y termina en los pies, sube por las piernas y acaba por condensarse en el hombro (también el más próximo a la almohada) y la cabeza. es impresionante el efecto continuado que el no tener los pies en el suelo ocasiona física, mental y emocionalmente. los momentos buenos son cuando, a fuerza del esfuerzo por el autocontrol y la serenidad, uno empieza a sentirse de alguna forma ingrávido, como en una alberca, menos pesado, más estable y confiando en que el esfuerzo por sostenerse no le corresponde a uno sino al colchón. así que, hay días, momentos de esos días, en que se está en una especie de limbo físico y mental, pues como es de suponerse, las ideas también se acuestan cuando se vencen y se quedan sólo ahí, en reposo. éste resulta ser el mejor estado para la mirada también pues ya no se afana en entender lo que ve a como estaba acostumbrada, sino que se acostumbra a ver lo que ve; ya ni siquiera se piensa en lados, y las coordenadas de la habitación dejan de ser techo-piso-paredes, para convertirse sólo en un cubo dentro del que uno habita pacientemente, recostado. normalmente esto tiene que ver con la media tarde, unas dos horas antes de que caiga el sol.

pero cuando esto no sucede, y al contrario, los pies se sienten demasiado ligeros contra el peso malintencionado de las rodillas entre ellas; y las costillas no dan por acomodarse entre los brazos, el cuello tira del lado opuesto al del descanso y la cabeza empieza a pesar por condensación, las cosas no se corrigen solas. así que si puede uno, dependiendo del dolor y el nivel de medicación, se pone de pie y le da dos vueltas lentas al departamento (que, por cierto, nunca me había parecido tan chico, salvo la cocina –inexplicablemente ahora me parece más grande– será que me estoy encogiendo en la inutilidad). pero si acaso uno está en un mal rato y no se puede poner de pie, la cabeza sigue pesando porque hace grandes esfuerzos por pensar, precisamente entonces, cómo es que llegó ahí, a esa situación lamentable y muy poco heroica en tiempos olímpicos. y se siente uno, hay que decirlo, completamente varado; detenido por avería. y las averías, la verdad es que pesan mucho y le hunden a uno la cabeza en la almohada, hasta debajo de las cobijas, aun en el verano. que por cierto, ya se está acabando. hoy es la primera mañana gris hace semanas; recuerda los primeros días de marzo cuando recién llegamos aquí, no hace tanto.

el lunes nos vamos al df a operarme en un intento –que ya desde ahora sentimos ingenuo– por conseguir que el seguro cubra los gastos. y ya desde ahora nos sentimos también, varados, en la lectura económica-financiera del segundo significado. lo que me hace pensar en las razones y consecuencias del que no encalla por gusto; y sobre la extensión del sentido del varar sobre lo recostado, ambos sobre la horizontal, cancelando la posibilidad vertical de ilusionarse con el cuerpo como soporte, la columna como eje y la salud sobre los números. así que quede claro que sí, como lo sospechaba esta mañana, las diferencias entre varar y encallarse son de sustancia, peso y dirección; al menos en mi caso personal, aun cuando ambas acciones-situaciones detienen el desplazamiento, no sirven para frenar el deslizamiento, ni de las ideas, ni de la vértebra. de tal suerte que no me quede más que contar con la valoración de ganancias –como lee una de las definiciones¬, en el periodo de tiempo estimado clínicamente para mi recuperación. así por lo menos, aún recostada-encallada o gracias a eso, podré decir que logré deslizar el sentido de lo varado.


marcela quiroz luna / tj / 1974

imágenes de otros

me contaron ayer de un hombre que camina lento. que anda de un lado al otro, cuando se le pide, se sube en pausas, según el cuidado y la costumbre, sobre una escalera vieja de madera, retira el foco, lo limpia, lo guarda en su bolso derecho. del izquierdo saca otro foco, el nuevo. el que preparó antes de subirse a la escalera y de caminar de un lado a otro. lo limpia. lo pone en lugar del viejo. vuelve la lámpara a su sitio. baja poco a poco la escalera, la retira y la carga a un lado. el otro foco lo lleva en la bolsa derecha, el viejo. camina de nuevo, así, con paso lento. deja la escalera donde la encontró, recostada en el muro, sostenida apenas, sin estorbar. saca de su bolsa el foco viejo. sobre la mesa hay ya, desde otras tardes, cuadros de periódico más o menos de un mismo tamaño. el hábito y la práctica, no tanto la perfección. están acomodados en una pila, más arrugados unos que otros. no creo que sean de los periódicos que el mismo hombre ha leído. por su cabeza entiendo que le gusta más bien tomarlos de por ahí, cuando adivina que ya los han leído, no necesariamente al final del día. sólo así, cuando adivina. es una forma de meterse en la vida de otros sin que lo vean a uno. el hombre los lleva entonces a su mesa, lo amontona para otro tiempo. imagino que los corta en la noche, ya cuando no hay nadie, entonces los hace cuadritos. ese día, según me contaron, uso uno de esos para envolver el foco viejo. luego, lo tiró al basurero.
volvió a poner la tapa. quizá fueran otros a tirar ahí mismo cosas pesadas –también adivin󬬖 al menos lo suficientemente pesadas para romper un foco. al hombre le gusta prevenir. no por eso camina lento. esto, lo entiendo, es por la edad. aunque bien a bien esto no me lo contaron, creo. lo imagino. el hombre hace bien lo que hace. hace poco, pero entiende, me dijo quien me platicó de él, cómo se debe hacer lo que se hace. lo que hace uno en la vida.

hoy me escribieron de otra cosa, de alguien que volteó al cielo, a ver un avión cruzando a media tarde, después de salir del trabajo, pensando, como piensa uno a veces en la vida (tan pocas que siempre se recuerdan con precisión como en esta ocasión) que todo está bien, y que en realidad sí tiene sentido estar vivo ahí donde se está parado. después vino el secuestro.

mañana tengo que pensar entonces cómo hacer con lo que tengo ahora. esto de la espalda que vengo anticipando hace ya meses sin advertirlo, según algunos, cuando pedía una silla, cuando me recargaba contra un muro, cuando después de los bailes me quitaba los zapatos siempre, ya en el coche. cansada. yo acaso diría que era por las mañanas cuando me estiraba en la cama hacia adelante y me quedaba ahí, doblada en dos, lo más que podía –quizá en una de esas se rompió y yo sentí bien. mañana, pienso, tengo que empezar a pensar lo que he venido platicando estos días con quienes me platican lo que no puedo ver desde la cama. hace pocos meses, interminables semanas, pensaba yo que la felicidad podía no darle a uno nada más que eso. por eso será que cuando llega nadie la entiende. mañana tengo que pensar que la infelicidad es más detectable, es cierto, pero así, igual, es también más traicionera. yo creo que porque uno cree que entonces ya no tiene más que perder y se deja al descuido, se olvida de envolver el foco viejo. no es cierto, de cualquier manera que la infelicidad llegue de pronto toda. aunque sí creo que pase esto con la felicidad, pero llega, claro, cuando uno no lo espera y pasa lento como por arriba de la cabeza, como un avión que no hizo ruido. la otra se nos viene encima sí, pero se guarda, se derrama lento y si uno quiere o se descuida, entonces nunca deja de derramarse. por eso hay que atender a lo otro. así que termine uno un día recogiendo imágenes chiquitas, de historias más grandes, de gente que uno conoce o jamás a visto, o ha visto miles de veces pero desconoce sin culpa designada. por eso me fijo mucho ahora, en lo que me cuentan. sobretodo en esas cositas chiquitas que la gente no ha de entender tampoco por qué las cuentan cuando las dicen. ¿por qué las recuerdan? ...para contármelas.

se sabe que lo que mira uno no es sólo para uno, es para otros, para los que no lo vieron. lo que recuerda uno, eso sí, se cree que es para adentro, que el recuerdo se sirve de sí mismo y sirve a un sólo dueño. pero a veces es muy grande el recuerdo, por pequeña que parezca la historia o irreparable el daño.

por eso cuando ella se acuerda del avión, también me regala un pedacito. porque me imagino que cuando el recuerdo se vuelve imagen, ya no le cabe en la cabeza, se hace grande y la amenaza. por eso me lo cuenta. debe ser lo del quiasma –punto de encuentro de los nervios ópticos¬¬– donde se dijo que se formaba la visión. ahí debe empezar a dolerle algo. será ahí que se junta la visión? donde se hace? eso ya se lo preguntaron de muchos siglos atrás, luego dudaron y dijeron que lo de la visión se hacía en la cabeza, en la parte de atrás. lo que se buscaba era lo mismo, creo, que en lo que pienso ahora, saber cuando la luz se forma imagen y cuando esa imagen adentro de uno se desborda. se me ocurre que es cuando pasa que la gente viene y me cuenta esas cosas, porque saben que ahorita no puedo verlas. porque intuyen que cada noche me repito: “mañana tengo que empezar a pensar qué voy a hacer con esto”. entonces la visión se vuelve un regalo de algo a veces querido, a veces sólo fijado sin razones aparentes, a veces diagnosticado como el principio de la tragedia.

dicen que la imagen llega invertida a la retina; que luego se endereza... yo en eso estoy, entonces, de eso se trata ese “mañana” que pronostico con tono ansioso, más bien desairado. hay que aprender a invertir lo que se oye a lo que se ve a lo que se dice por lo que se escribe.

me dicen que esto de la espalda es una nueva “condición” con la que tengo que aprender a vivir. apenas estaba entendiendo mi anterior condición, creo. apenas. pero es eso mismo, sólo hasta que ha cambiado mucho y mal los focos, sólo hasta que se han hecho pedazos en el bote más de quince. sólo hasta que se sabe de qué tamaño hay que cortar los papeles de periódico, los fragmentos que uno necesita de las historias de otros, sólo hasta que se sabe que hay que poner juntas la escalera, la mesa, el bote y el cajón de bombillas nuevas. sólo hasta entonces, yo creo, puede uno saber por qué regala esas historias y no otras. porque se trata de hacerlas adentro, luego invertirlas y entonces, enseñárselas, recrearlas para alguien que, quizá, en ese momento justo, no puede verlas pero sabrá qué hacer con ellas. en el mejor de los casos, sabrá cómo regresárnoslas. para esto, nunca, debe uno esperar a que sea mañana.

muchas veces pasa, se sabe también, que el mañana se viste de pasmosa eternidad cuando se concibe durante semanas, de medio lado, en voz baja.


marcela quiroz luna / 1974 / tj-df

¿a qué sabrá cuando sepa?

me viene pareciendo extraño –y espero no sintomático– que siendo la primera vez que trabajo de lleno en un proyecto a todas luces y con la debida justicia nombrado como “artístico”, sea justo ahora cuando menos arte he visto. ¿será que a todos les pase? ¿será que ante la expectativa de altos réditos que uno asume al hablar de integrarse a un proyecto artístico, termine por convertirse alguna o varias etapas del proyecto, en mera papelería? ¿será un mal del oficio? ¿será sólo falta de tiempo y exceso de tareas ante la inminente volatilidad de lo artístico? ¿será por eso que uno nunca ha podido definirlo?

preguntas y preguntas. respuestas, muy pocas y dependiendo claro, del día y del humor, pues lo artístico parece no esperar a nadie. acaso se sigue de largo mientras uno llena formas, archiva información y ensaya estructuras.

el caso es que hace poco vi taste of cherry (el sabor de la cereza según traducción literal para mantener el idioma en futuras referencias) del cineasta iraní abbas kiarostami (realizada en el 2000 y presentada en varias muestras internacionales de entonces a ahora). una interesante ‘road movie’ si uno quisiera entenderla dentro de géneros ya trazados. pero, curiosamente no tiene ninguno de los atributos normales de una road movie tradicional, donde el punto de partida sí efectivamente parte hacia un punto de llegada; y donde el viaje avanza, no sólo sobre sí mismo, sino a través de la pantalla, como haciendo honor al recorrido del cinematógrafo en cuadros por segundo que literalmente se desenrrollan para contar una historia, dar movimiento a la escena y diálogo a sus personajes. pues no, no sucede así en el sabor de la cereza pues conforme pasan los días después de que uno la vió, le va quedando a uno más claro que el viaje no se hizo. que no hubo recorrido real, que el protagonista –a pesar de haber estado manejando su automóvil durante el 95% de las escenas– no llegó a ningún lado, ni realizó viaje alguno más allá del círculo vuelta y vuelta sobre un cerro polvoso, no muy ancho, ni muy alto. y, a pesar de que toda la película está estructurada con una cámara que se mueve, no hay viaje, sólo movimiento. y no es lo mismo.

entonces es fácil concluir que lo que se sugiere, claro, es el viaje interior, el del personaje que busca un sentido que lo aleje de la decisión retardada de suicidio, aún a pesar de haber cavado ya su propia tumba (más literalmente que en poética). actitud reflexiva, sonorización ambiental, muchos silencios, nada de música, poco diálogo... características comúnes a las producciones de kiarostami con las que entrampa a los personajes y esquina a sus espectadores. resulta que el personaje principal de el sabor de la cereza, el sr. baddi, busca quien lo entierre -una vez sobremedicado y recostado dentro de su propia tumba bajo un árbol a la vuelta de un cerro. pero, y siempre está el pero, antes de echarle encima la primera palada de tierra, el que se preste, tendría que llamarlo por su nombre dos veces, por si acaso; no fuera a ser que no estuviera muerto sino sólo dormido por efecto de los somníferos. resulta obvio para quien observa el filme que la insistencia en esta verificación última que recalca el sr. baddi a sus muchos entrevistados para tal tarea, es prueba de que lo busca no es quien lo entierre sino quien lo salve de sí mismo. por eso es que el recorrido vuelve siempre a un mismo punto: la tumba en espera; por eso es que el camino parece siempre en redondo: porque es una decisión no lineal la de la muerte, por mucho que lo parezca. y es que no se va de la vida a la muerte sin antes pasar muchas veces por la misma vida padeciendo muchas muertes más chicas. al menos así lo parece en pantalla (y fuera de ella). es como la sensación que da la cámara siempre o casi siempre desde dentro del coche mirando hacia adentro del coche. no se ve nunca de adentro hacia afuera, por eso es que parece que no hay recorrido, porque no hay mirada ni camino ni intenciones de recorrerlo. el personaje no busca un enterrador, busca tiempo y la creencia de que tiene que encontrar algo o a alguien sin lo cual eso que parece inminente y necesario –el suicidio– no puede llevarse a cabo.

no hay muerte sin enterrador, quiere creer el sr. baddi. claro que la hay. sólo que las muertes chiquitas, esas otras, las de todos los días, nunca esperan quien les eche tierra encima, y pasan, no avanzan, pero siguen pasando. como si entre todas pudieran ir cavando una tumba más grande, la verdadera. y sólo se puede uno escapar de la suma si encuentra como baddi, a alguien que le platique algo tan chico y poco importante como lo de las cerezas para el guardia de museo. ahí es que queda claro que el único viaje posible en este road movie es el viaje imaginario para el escucha de las historias personales cuando se dicen en voz alta sin muchos motivos ni pretensiones. que si no, que si uno busca siempre en sus propias historias y sólo le da vuelta a sus actividades diarias sobre las mismas actitudes, es muy probable acabar en un viaje en redondo.

y es que justo ahora estoy en un momento parecido al del sr. baddi, por lo que decía al principio de las grandes expectativas y las pequeñas realidades. y no porque busque quien me entierre o quien me salve de hacerlo, sino porque en esto de los proyectos artísticos, al menos para uno que está dentro de ellos por primera vez, y no sólo criticando sus resultados, parece muy facil sentirse solo y sólo dando vueltas en redondo, incapaz de intentar la línea recta para llegar a algo motivante y de aunque sea de provecho aparente.

entiendo bien que los procesos son los procesos y que el esqueleto hay que armarlo de huesitos y que lo satisfactorio del reto diario no necesariamente es lo que uno hubiera esperado o querido. lo que apenas estoy entendiendo es que si uno no busca el muy personal sabor de la cereza más allá del camino polvoso que se recorre de ida y vuelta infinidad de veces durante el día, la semana y el mes, muy probablemente sí termine por sentir el peso de las paladas sin haber visto las estrellas. pues cuidado, que para las dos cosas basta con acostarse en el suelo bajo un árbol mirando hacia arriba.

marcela quiroz luna / 1974. tijuana

lo infructuoso de la felicidad

tendría que decir que está comprobado. la felicidad se interpone en el camino de la buena escritura. (eso, claro, queriendo creer que lo que uno se desgarra cuando sufre y escribe y escribe y sufre, es en cierta medida al menos, algo digno de atención). pero bueno, el caso es que no es nueva la idea sobre la tragedia su incestuosa relación con las grandes creaciones. parece que las desgracias, pequeñas y cotidianas sobretodo, son las que mejor detonan el ansia creativa. entonces, cuando resulta que lleva uno unas semanas sin desgracias, desgarros ni desaires, la cosa se complica.

alguien ya me lo había dicho hace tiempo y le creí: hasta que no te suceda algo verdaderamente terrible, no harás buenas fotos.

dejé de hacer foto. (ya no sé si esperando que me sucediera eso terrible y mientras tanto usando mi energía para otros fines menos pretensiosos que la imagen; o si fue más un acto superticioso, como no pasar bajo la escalera, no tirar sal sobre la mesa, o romper un espejo. así dejé de hacer foto. no fuera a ser...

y nada. que lo terrible, al menos como lo he estado esperando desde entonces, sigue sin pasarme. o si me pasó ya, no me he querido dar cabal cuenta. así que, mientras, escribo. escribo sobre la foto y sobre otras cosas que en el mundo me vienen pareciendo que merecen la misma atención que una fotografía. a veces más, a veces menos.

lo que sí es que, veo como costumbre, uno se alimenta de los pequeños dramas y afecciones internas para hacer algo de provecho. así que mientras más llore, más páginas escribo. mientras más hondo me torture un recuerdo o me carcoma silente alguna amnesia selectiva, parece que pienso mejor de qué quejarme y cómo. ¿por qué será que de la felicidad no sale nada?

hace unas semanas me asomé a la exposición-memoria-homenaje de los primeros o pasados 30 años del museo carrillo gil, allá en la esquina de revolución y altavista (parece que me repito ahora las direcciones del df para que en el exilio –tijuana- no se me olviden, o para sentir que aún soy capaz de localizar perfectamente las cosas, los lugares y las gentes en el df), el caso es que, una vez más, se confirma que de la felicidad no sale nada que valga mucho la pena en estos términos, sí es que es felicidad el motor de tal muestra. pues entre los recuerdos de la historia del carrillo-personaje, y carrillo-espacio museístico no se lee mucho de los planes del espacio de hoy en adelante, como debiera sugerir el detallado recorrido por su pasado, que no hace más que recordar –a veces con obra, a veces con fotocopias, a veces con fechas y listado de acciones o presencias, decesos y apropiaciones. así que el recordatorio se convierte de pronto en una especie de añoranza por lo viejo (y por lo viejos que estamos en relación). lo mismo o peor le pasará a quienes sigan laborando ahí después de años, o quienes fueron parte del personal y luego regresan como visitantes y ven lo que hicieron, se acuerdan de lo que dejaron de hacer y se preguntan, seguramente, qué hacen ahora. y es que es difícil rememorar benevolentemente, pues, casi cualquiera nos puede preguntar, y con razón, ¿para qué?.

que sí, el gran problema de la historia contemporánea y sus actores es la memoria. así que pudiera tener, en esta línea, mucho sentido la exposición del carrillo, el edificio este cuadrado con rampas adentro, ahí en la esquina, frente a pabellón altavista. y no digo desmemoria, sino eso, la memoria, que cada vez más, al menos en mi caso, sirve a necesidades ajenas al recuerdo como conciencia. y lo peor, es que cada vez más sirve nomás para dibujarle a alguno una desganada sonrisa en el rostro con aires de tiempos mejores. la memoria como recuerdo. nada más. así me pareció la exposición del carrillo. salvo en una esquinita, al principio, donde –y sigo sin entender quién tuvo la lucidez de acomodar esto ahí y no repitió la fórmula en más lugares– junto a un grupo de acuarelas de la serie: casa de lágrimas de orozco, bien acomodadas y espaciadas entre dos vitrinas, aparece de pronto un video en pantalla chiquita, que recurre sobre el tema, según dice la cédula, de la casa de lágrimas de orozco. es un video de rodrigo plá de 1994, si mal no recuerdo. y sobre él se adivinan sutilezas sobre la finalidad de la historia, del arte, de la escritura, la memoria y la imaginación, que, sorprende decirlo, bastan para dar sentido a la exposición. un loop chiquito y extendido. lento y extendido. acuareleado y extendido. en él, una mujercita, más bien niña crecida a fuerza a la manera de santa, se tiende sobre una cama en lo que adivina ser una tarde lenta. la luz apenas dibuja algunos trazos sobre la pobre mesa que le sirve de apoyo a la botella y al vaso de agua. lo demás de la luz es atmósfera sólo, por los tonos y el tono lánguido de la tarde y la postura. sobre el catre se alisaron una o dos cobijas más bien desteñidas para las que la luz amarillenta y cálida es sin duda un auxilio. la niña de cabello oscuro y trenzas largas con moños rojos lleva apenas un camisón corto de tirantes de tela, antes parecida al satín y ahora se adivina, desgastada y luída. medias-calceta a medio muslo como las que se usaban entonces y zapatos negros de botín completan el atuendo, que, sin serlo propiamente, compone el vestuario perfecto para hacerse a sí misma personaje de algún triste poema. la chica se mueve sobre la cama imitando posturas posibles al retrato de orozco. éste lo vemos a un lado, en una de las vitrinas. sobre el catre se avisa un sombrero de hombre, no de calidad, aunque insinua al menos un escalón en las etiquetas de sociedad. la cinta negra que lo rodea hace pareja con el tono y peso escénico de las botas de la chica. el cuadro está completo.

ella debe estar recordando algún amante, o quizá soñando con aquél que dejara de serlo y habría de llevarsela de ahí en uno de esos milagros que luego cuentan como leyendas las otras muchachas ya mayorcitas a las que, sin embargo, aún no les pasa. una tarde lenta que sirve, parece, apenas para eso, para darle vuelta a un sombrero tendida en una cama con el rostro bien maquillado, listo para algún cliente apresurado que pudiera llegar temprano.

el acabado de la imagen en el video de plá es sorprendentemente similar en textura a la acuarela de orozco –sin duda una de las razones del éxito que llevaron la pieza a conformar parte de la colección del museo. museo carrillo gil. ante todo es un asunto de textura lo que conmueve. luego es el movimiento, la lentitud. si no fuera por esto no habría forma de continuar la pintura de orozco en la escenografía filmada de plá. sólo que los trazos acuosos se vayan haciendo corridos en la cinta, con la lentitud más próxima al secado, ni siquiera cadencia, se requiere un paso menos, apenas cuidar bien la iluminación; apenas ensayar con propiedad la contención de los movimientos, el lugar exacto del sombrero y de las piernas. acercarse en lo posible a la falsa perspectiva, ese medio ojo de águila imposible que hace orozco recordando algunas de las prostitutas de schiele... para parecerse y aparecerse en la obra y dentro de ella. para hacer de la mirada acto cómplice del resto del cuerpo que apenas cuando se asoma quisiera ya acariciar. a veces no es suficiente ver. la vida luego no se detiene y cuando parece que se detiene es quizá cuando más cosas pasan aunque parezca que no pasa nada. por eso las tablas cronológicas no dicen mucho. por eso los folletos de exposiciones anteriores resultan no ser prueba de nada. casi siempre se escapan entre los huecos las cosas verdaderamente importantes. casi no sirve de nada acordarse de lo que es clasificable. los archivos no guardan datos por guardarlos. apenas sirven como motivo. las frases serían principio; lo mismo las obras y los libros. hay siempre más cosas entremedio, sustancia, innombrable creyeran unos - accidentes, destinarían otros. se trata como quiera, de miradas a la memoria individual, a la verdadera, la que le dice algo a la historia de uno y puede explicarle algo más a la historia de otros. yo quisiera creer que este es el sentido del recuerdo. que los anales, leídos con algo más que con ojos claros, empiezan a moverse, apenas muy lento, sobre las palabras mismas, sobre los números y las firmas. es cuestión de darle tiempo a lo que uno es y a lo que han sido otros. es asunto de paciencia y escucha atenta. los objetos dicen más de lo que portan casi siempre. y no hay sentido a la recuperación si no se le vé desde otro lado. el tiempo no es un justificante de sentido ni la cronología se basta a sí misma. lo particular de las subjetividades siempre dará para mucho más que el dato en pared.

y la felicidad... eso, a veces le da a uno contra el muro nomás.


marcela quiroz luna / 1974 / tj

cuba de vuelta

hace más números de los que me acuerdo escribí aquí algunas historias de cuba. no eran grandes historias, apenas chiquitas, sin embargo algunas llegaban profundo, como los pozos.

hace apenas dos días regresamos de cuba. llegué ahí a saludar a la ceiba esa, la del deseo que no supe. cuando tampoco sabía que existían los mercados en cuba entre edificios en derrumbe lento, como el que encontramos en la calle de sol.

pedí ese deseo cuando tampoco sabía que la próxima vez que llegara a la isla me encontraría en la plaza vieja una tienda paul&shark. vergonzoso tanto lujo entre aparadores de cedro pulido y barnizado. cuando junto, ese edificio de vivienda multifamiliar -que por razones que ignoro, no ha logrado desalojar el historiador de la ciudad y sus capitales españoles e italianos- ese, se nos sigue viniendo encima.

cuando esa otra vez escribí de la habana, me acuerdo que contaba de murciélagos llenando de guano el techo de un teatro. también decía algo de la exposición de vanguardia cubana que entonces se exhibía en las salas del mam aquí en la ciudad. ahora escribiría de otra cosa. como del camión bala usado el 16 de julio del 2003 para salir de cuba hacia la florida por un grupo de 12 cubanos. maravilla del ingenio, la tenacidad del escape y la tecnología de salvamento. que luego, claro, fue hundido por la guardia costera de estados unidos “para evitar que otros siguieran el ejemplo”.

cuando quizá lo único que necesitamos sean ejemplos como esos.

cinco o seis meses después, o poco más, otro coche-barco, salió y llegó y de nuevo fue hundido por la guardia costera. supongo que para seguir desanimando.

eso de la isla para afuera.

de la isla para adentro, las viejas cañerías de hierro están explotando. las calles del centro histórico (lo único en rescate de entre todo lo que se está cayendo a pedazos en la ciudad) están todas escarbadas, cambiando por plásticos los sistemas de drenaje de la ciudad. esto para avanzar por debajo de las lozas y las miradas, el agua limpia y sucia que va y viene bajo el reticulado. por arriba mientras tanto, ya venden coca-cola. pero siguen corriendo a los cubanos de los hoteles y los restaurantes de turistas.

las artesanías siguen siendo las mismas, salvo que ahora encontramos muchas cosas tejidas, vestidos, blusas, faldas, bolsas, hasta zapatillas. como en ese cuento mágico de reinaldo arenas. (quien evidentemente sigue proscrito de toda librería y biblioteca) ese relato donde una pareja, buscando miradas, se lanza en empresa trágica por heroica a recorrer la isla caribeña, portando los atuendos más estrafalarios que el creciente comunismo dejaba aún escapar, persiguiendo hilos y listones multicolores en el mercado negro, para con ellos, tejer atuendos leídos e imaginados en las pocas revistas que en la isla quedaban de las glorias hollywoodenses de fines de los años cincuenta y sesenta.

sin embrago, todos los vestidos y blusas y faldas y zapatillas tejidos que ahora vi eran en hilo crudo, todas en el mismo tono. apenas llamando la atención las distintas combinaciones de bordados y puntos. que a pesar de lo neutro, la gente me parece que ya habla más de política en la isla. creen que en no más de cinco años se muere fidel. que ¿qué va a pasar después? la constitución dice que debe subir al poder su hermano raúl. esto, para mantener en pie todo eso que dice en los muros, especialmente en la carretera que va de la habana a matanzas, plagada de consignas revolucionarias y adaptaciones. muchas reinventadas de josé martí. algunas: no hay fuerza capaz de aplastar nuestra resistencia. de nuestro lado está la justicia. una asociación de patria o muerte. tenemos que desarrollar un partido de acero. cuba podrá probar que este mundo pudo salvarse. quien quiera pueblo ha de habitar a los hombres a crear. unidos luchamos, unidos vencemos. jamás podrán tomar este país.

entre otras. en la isla de ají.


marcela quiroz luna / la habana

lo ví desde el balcón

ayer apareció un ahogado frente a la casa. lo ví desde antes. venía flotando como si fuera sólo una espalda, pero parecía también una bolsa, o un tronco, y avanzaba, como vienen las ballenas y los delfines en otros meses, de norte a sur. luego fue saliendo. luego ví que no era una bolsa inflada, luego ví que era un cuerpo. eso cuando el agua lo empujó muy sutilmente hacia la orilla y lo dejó tendido en la arena. un poco más allá había algo de alga marina en un bultito también. a veces, si volteaba uno rápido, no se sabía cuales eran las algas y cuál el cadaver.

yo nunca había visto un ahogado antes de ayer.

cuando llegaron los terceros -los del ministerio yo creo- hasta entonces le taparon la cara. y fue uno de ellos el primero que se acercó. (ya tenía el ahogado más de una hora sobre la arena con el agua que seguía sobre de él en un vaivén que pronto se volvió morboso). el que se acercó lo primero que hizo, casi con urgencia o indignación o miedo, fue taparle la cara con su propia camiseta. la del muerto, así que le dejó desnudo el abdomen. eso era lo inflado. no era la espalda. eso era lo que había venido viendo flotando. lo de la cara, me quedé pensando por qué. lo platicamos un poco y dijimos que sería por lo de la dignidad. si es acaso que en el rostro, la identidad (aún ahogada y de momento desconocida) es donde se porta y con ella la dignidad y sus resabios. el último espacio donde el cuerpo deja de ser un bultito y tiene pareceres humanos de a de veras. le taparon la cara.

luego me puse a pensar en lo del encargo, para esta publicación, de las cosas que lo han venido formando a uno. que si una o cinco películas, libros, revistas, exposiciones, programas varios...

¿y será que eso lo lleva uno en la cara? y que si se ahoga, la cara se la tapan y ya nadie supo lo de las películas y los libros. y me dieron ganas de escribirlo. no vaya a ser. pero resulta que el encargo se voltea ahora, como cuando le dieron vuelta al muerto. y lo inflado ya no sabe uno si es lo de arriba o lo de abajo. y si las ciudades invisibles de italo calvino me enseñó realmente cómo intentar leer sobre la ciudad tejiendo los hilos que nunca se ven muy bien, sólo se padecen, o se ignoran y se pierde uno de muchas cosas. o sí el cuaderno rojo de paul auster realmente tenía la certeza del encuentro destinado, o fue sólo que me lo regalaron cuando quería creerle. o si danzón fue causa de aquella decisión amorosa de puerto a fines de los noventa como forma de ser, aparentarme y sentirme libre, o sí acaso ese encuentro sí fue uno de esos de los que tanto se empeña en asegurar el auster. lo mismo para bel ami de maupassant, también tengo esa duda.

pero qué tal si la vida de pronto sólo se vuelve el ansia de tener una buena foto (buena en términos de condensación emotiva con altas posibilidades de distensión en momentos de crisis), o la obsesión por tomarla; o la confesión desvergonzada -o vencida- de ambas cosas como pasa en chichai con helicóptero (1985) de carlos jurado; o mejor: el retrato del retrato como le digo para mejor entenderme y que no se me olviden tan facil los bordes del extrañamiento.

pero, y después del muerto? quizá hoy sólo entienda con lo del muerto las horas. no por el ahogarse solamente, por la soledad sobretodo. por el desconocimiento, por la otredad de lo muerto. es virginia woolf, eso seguro, es la discusión sobre las decisiones de vida que más que tomarlas te llevan. es el tiempo. es el miedo a despertar un día y ser la dalloway. y ver que le regalaste tu vida a alguien y que ya luego no te la devolvieron. lo más seguro es, de cualquier manera, que sea la misma vida la que no te la devuelva y uno ahí creyendo que si porque leiste aquello o viste esto o no llegaste a oír nunca eso otro.

si se trata de seguir los hilos, entramar, darle vueltas a la idea, o espaciar las posibilidades de la estética; si la mirada sí de verdad es el juicio primero sobre el mundo, ver a un ahogado debiera de hacerlo a uno recapacitar sobre el sentido del vacío y con qué decides llenarlo.

hoy se murió mi abuela a las 5:15 de la mañana. esto sería para ella.

marcela quiroz luna / 1974 / tj