24 de septiembre de 2012

Por recorrer la frontera, si tal, entre el cuerpo y el silencio


Continuar, hasta que el lugar se haga improbable.[1]
Georges Perec


TERRITORIO

Quien conoce el agreste y majestuoso camino que hace la entrada a Mexicali (BC, MX), sabe que la vista que intenta apresar el valle donde se extiende la llamada Laguna Salada y el Cerro ‘El Centinela’, irremediablemente fracasa. La mirada, como el cuerpo, se presentan tan incapaces como ineficientes para reconfigurar ese equívoco horizonte como continuidad.

Será por el abrumador contraste entre volúmenes que viene de La Rumorosa —ese desolado e inclemente universo de piedras gigantes que conforma, sopesa e interroga la distancia física y simbólica entre las dos fronteras: Tijuana/San Ysidro y Mexicali/Caléxico. Pues hay que saber que lo que hace una región fronteriza, además de amedrentar y seducir, es interrogar. Recorrerla en calidad migrante (legal o ilegal) incita a que uno se enfrente con una serie de preguntas para las que muchas veces no conseguirá dibujarse (tampoco) el contorno de una posible respuesta.

Es entonces cuando se hace obligado repensar las preguntas y su pertinencia si se quiere sobrevivir. Preguntarse por lo que se sabe para enfrentarlo a lo que se ve; preguntarse por lo que se ve para desmentir lo que parece; preguntarse, especialmente, qué es lo que uno hace ahí, de pie, casi paralizado –aún si plenamente conciente de que en descampado, en una frontera, nunca debe quedarse el cuerpo de pie, casi paralizado y completamente expuesto, como si velando… apenas El Centinela.

A pesar de las inhóspitas historias y sus evidencias, Alejandro J. Carbonel, joven artista peruano de reciente estancia en residencia en la región fronteriza bajacaliforniana, debe haberse mantenido un buen rato escuchando el silencio de pie frente al cerro. Queriendo extraer del enmudecido paisaje éstas y otras preguntas que siguen el rastro invisibilizado de tantos que han intentado atravesar por esta ruta la traicionera frontera que distancia intangible ‘el otro lado’. Ese horizonte imaginado y supuesto, más o menos cercano, que como suele suceder con los verdaderos peligros, no se ve, ni se escucha; acaso, si se tiene la suerte, se presiente. Se habrá quedado ahí esperando escuchar algo más allá de lo visible, sopesando el peso de los silencios, propios y externos.

La obra que el artista derivó de este enfrentamiento entre las dimensiones y posibilidades del cuerpo en un contexto determinado por el carácter extrusivo de su mortal y silenciosa expansividad, alimenta en el deconstruir de sus cualidades representativas, algunas de las preguntas fundamentales que permean y penetran a aquellos cuerpos enfrentados, por decisión o por destino, a explorar la porosidad sonora y/o audible de sus propias fronteras. Porosidad sonora, porque sabemos que cuando expuesto, el cuerpo que emite las vibraciones de su estancia, paso o resguardo; lo hace con o sin conciencia de ello, exponiendo su intento enmudecido para ser ‘capturado’ —sea en auxilio si se manifiesta por voluntad; sea por equivocación si en su lugar apresa el riesgo, el daño e incluso la muerte. Audible, cuando es la propia porosidad al llamado interior la que intenta escucharse para saber cómo, cuando y por dónde moverse. Es un sentido éste, el del cuerpo que aprende a escucharse a sí mismo, el que se va descubriendo dentro cuando se anda atravesando territorios, sean o no fronteras; aún cuando sin duda, es el inhospitalario entorno fronterizo, una de las condiciones/entorno que exacerba esta potencia audible cuya capacidad suele ignorar el cuerpo.

Explorando otro orden de fronteras, aún si íntimamente relacionadas con esta urgencia por expandir el cuerpo en su condición y potencia escucha, John Cage aprendió a escucharse-dentro al acceder a una cámara anecoica en Harvard University en 1951. En diversos escritos y entrevistas a lo largo de su carrera, el músico señalaría que fue ahí dentro cuando entendió y experimentó los timbres del silencio y, añado, su inevitable porosidad. Pues tal como entonces escuchó el silencio en tanto aislamiento exterior, no fue éste sino un silencio poroso, poblado de los sonidos interiores que nuestro organismo genera constantemente, independiente de nuestra disposición y sin que, la mayor parte del tiempo les prestemos atención. Cage recordaría ese momento como un parteaguas en su historia personal y estética al haber podido aprehender el cuerpo propio en tanto sonoridad-ignorada, escucha cotidianamente pospuesta. Dentro de la cámara y su impuesta nada sonora, escuchar-en-vacío el palpitar de la circulación, el agudo funcionamiento del sistema nervioso y los acompasados ritmos de la respiración[2] constituyeron en él un don inesperado (como ha de ser el don para existir a decir de Derrida)[3] siempre dependiente y partícipe del azar, imposible de ser planeado y/o esperado. Imprevisible en su entrega, dentro de esa cámara anecoica, Cage recibió el don de la escucha que le develó el cuerpo como caja de resonancia. Habiendo logrado escuchar el dar del sonido dentro de sí, le fue entonces posible re-situar el sentido de la escucha como disposición cuando tendida desde la profunda conciencia receptiva interior hacia el exterior.

Sabemos bien que a partir de esta experiencia de poroso silenciar, el músico derivaría la creación de su obra 4’33’’, comprobando con ella otra suerte de porosidad —esta vez audible— al invocar el silencio de una partitura en tres movimientos dispuestos al piano ante un público expectante convocado en una sala de conciertos. En el acontecer de esta primera interpretación musical silente[4], Cage había decidido entregar su aparente nada en el dar imprevisto del tiempo (de nuevo con Derrida) como obra al otro. Entregando al público escucha no sólo el silencio en torno sino el espacio temporal para hacer audible el acontecer del silencio interior —confirma en la experiencia particular y conjunta que esos ‘estados del silencio’ existen y nos aparecen reconocibles sólo cuando la atención está dispuesta hacia todos aquellos sonidos ‘menores’ que les habitan, libres de intención y aconteciendo por azar.

Entendidos pues de la condición porosa del silencio sobre la que andaremos en este ensayo, sigamos entre la escucha y la mirada de dos artistas —el músico estadounidense John Cage y el artista peruano Alejandro J. Carbonel— cuya obra posiblemente no habría de compartir un espacio fuera de éste, pero que como veremos, sí comparten una condición atendida del silencio, porosidad y urgente necesidad de un cuerpo cuando, para sobrevivir, ha de lograr reconocerse en ella.

Al hablar de la porosidad sonora|audible ha de pensársele en una amplitud espacial, contextual y experiencial, tan amplia como nuestros intereses alcancen; desde el latir angustioso de un corazón migrante que recorre enmudecido los linderos de su ser en riesgo, hasta el delicado rumor del paso de las hojas de una partitura blanca entre los dedos de un músico que permite en su espera el acontecer de un tiempo mudo que marca sin huellas su interpretación.

Siguiendo pues los tenores de amplitud de nuestra propia habilidad porosa para hacernos cuerpos-escucha, andemos entre espacialidades para entender las relaciones entre dos artistas de obra distante cuya sonora porosidad enriquecerá los juegos de penetrabilidad entre materias y vacíos al condensar nuestra lectura en el cuerpo de sus obras.

Para hacerlo, hemos de vencer nuestros propios miedos y preconcepciones al recorrer del espacio; permitámonos recordar, extrudir, decantar y reinventar nuestra propia habilidad y disposición perceptiva desde lugares y memorias tan variados, distantes o aparentemente ajenos como nos sea preciso, haciendo de nuestra necesidad, territorio poblado de referentes múltiples cuya sonoridad pervive de una temporalidad acorde al resto; concientes, a decir del propio Cage, que nuestro derecho a recorrer este y cualquier otro espacio supone de origen, una fecunda condición injerta de terminaciones y reinicios que suele menospreciarse: la posibilidad misma de la simultaneidad.[5] 

En un pequeño libro de título especialmente sonoro: Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato, el pensador franco-egipcio Edmond Jabès, acertaba en entender con claridad y sencillez los perfiles de un estado dispuesto: “porque escuchar exige, a cambio, el abandono de uno mismo”[6]. Condición rigurosamente ignorada en la historia de la humanidad, cuando y si acaso se habla de la escucha como un acto en disposición conciente, se le aduce como consecuencia obligada del silencio, cual si uno fuera necesariamente complemento o consecuencia del otro. Siendo que lejos está la realidad y nuestra disposición ordinaria por encontrar el enlazamiento de continuidad (des)interesada en disposición de la mirada entre uno y otro, si no parte de un estado radical de urgencia vital. Así, equívoca y reiteradamente es abandonado, no sólo aquel o aquello que pide ser escuchado, sino el estado mismo en disposición interna que potenciaría tal abandono interior en entrega al encuentro exterior.

Resulta entonces consecuente pensar que desde ese lugar tan efímero como defendido que funda en la crudeza de su esencia el aparente urgir en defensa de una frontera —sea entre países por territorio, como sobre la superficie que en su estancia más residual contiene al cuerpo como reserva de protección y resguardo— podremos acercarnos a escuchar las condiciones de pensamiento esenciales que nos permitirán habitar no sólo los estados de encuentro en la obra que Alejandro J. Carbonel tendió ante el cerro El Centinela, sino mantenernos cerca del pensamiento del músico cuya escucha en inminencia habi(li)ta este encuentro académico: John Cage.

Hacerlo, asumirnos en condición de porosidad nos permitirá recordar, repensar y por lo tanto re-conocer que su figuración sonora|audible está dispuesta ante todo desde la escucha del silencio y el reconocimiento del espacio como ejercicio de visibilidad sobre el vacío. Porosidad tendida-en-escucha que nos dispondrá y desterrará más allá del (in)estable (por imposible) asir de nuestros límites entre territorios (físicos o íntimos) y pedimentos estético-filosóficos disciplinares, estáticos y usualmente infértiles.

Para ver —como me interesa que escuchemos la obra de ese joven artista que en esta ocasión comparto con ustedes— hemos de dibujar en palabras su obra, rodeándola, para confirmar que es posible re-aprender desde el pensamiento ejecutado en la emancipación de sus fronteras físicas y epistémicos —siguiendo a Cage; una forma otra de entender aquellos escenarios que de tanta visibilidad no se sabe escuchar (entonces y ahora). Situando en este momento y lugar la comprensión del estatuto físico, ideológico y anímico de la frontera como un intento por cancelar y renunciar a un estado en disposición vital esencial: llamémosle así ‘porosidad’ a aquella condición de activa rendición contra la que se funda toda imposición de frontera. Y recuperemos entonces —de nuevo gracias a Cage— la habilidad sonora|audible que es (aún) posible no sólo reconocer sino activamente encarnar frente a aquellos escenarios ajenos y consignadamente adversos ante los que un joven peruano se interrogó sobre el (des)hacer de la trama de esa vulnerable, atacada y ciertamente accidentada porosidad que al cuerpo le permite no sólo escucharse sino respirar en entrega de existencia, duración e intercambio con su entorno. Accidentada porosidad que silenciosamente fecunda las fronteras y alimenta el ‘necesario riesgo’ de su figura (política) y extensión (geográfica) por aquella tan temida y siempre latente posibilidad de infiltración.

Seguro de sus formas de concebir la creación musical en destitución de la estructura, la tonalidad, el método y la notación convencionales, Cage postulaba el azar como ejercicio de integración vital en la composición y la interpretación, llegando a describir sus obras como un “gigantesco repertorio de accidentes posibles”.[7] Recordemos que desde sus primeros encuentros con el pensamiento oriental en los años 50’s, Cage adoptaría la consulta del I Ching (Libro de las mutaciones) como parte esencial e incuestionada de su estructura creativa. A su vez, influenciado por el pensamiento budista zen o chan[8], Cage asumía el fluir del mundo y la existencia de las cosas al devenir de una suerte de vacío primordial, fundacional. Ese vacío zen para Cage era empatable con su reiterado interés por experimentar el silencio, sugiero, como una infinita caja de resonancia en la que habitan todos los sonidos (audibles o no) pero sí y siempre dados a la porosidad dispuesta de un ser-escucha.

Siguiendo el pensamiento del ingeniero e inventor Buckminster Fuller cuyas teorías también influenciaron profundamente a Cage, rescatemos su concepción del mundo como una serie de esferas entre las cuales habita ese vacío y de cuya (in)existencia dependen.[9] Derivando de esta figura, el vacío para Cage era comprensible como un ‘espacio necesario’ que tendemos a olvidar —a pesar de que, no solamente gracias a su existencia logramos configurarnos un entorno habitable, sino que gracias a él existe en nuestro cuerpo esa función indispensable para la comprensividad fenomenológica de este ensayo: la disposición audible.

Contrario a la atención y tiempo que debiera merecernos, este ‘espacio necesario’ de acuerdo a Cage es un espacio que “saltamos por encima, con el fin de establecer nuestras relaciones y conexiones”; […ignorándole] “creemos poder deslizarnos, sin solución de continuidad, de un sonido a otro, de un pensamiento a otro.”[10] Cuando en realidad, afirmaba el músico, en nuestra decidida ignorancia del vacío no sólo no logramos deslizarnos sobre él, sino que a él caemos inadvertidos. Confirmándonos también incapaces de reconocer como estancias en potencia y disposición de habitabilidad, aquellos instantes que atravesamos cuando hacemos por salvar los entre-espacios que tanto nos afanamos por anular para configurar, en cambio, conexiones o vínculos ‘comprobables’, más visibles, tangibles, sonoros. Conexiones que, suponemos, lograrán revertir (o al menos disimular) el peligro de caer en esa ‘nada’ que por temerosas convenciones solemos relacionar de manera negativa con el vacío, la infertilidad, el silencio, la soledad, e incluso la muerte.


Será precisamente el tiempo perceptivo dispuesto a dar lugar[11] al vacío denostable o ignorado en la estancia presente —condición necesaria para reaccionar en reconocimiento del espacio entre ‘esferas’ que habitara el imaginario de Cage, siguiendo a Fuller— lo que la obra El Centinela I de Alejandro J. Carbonel logre hacer confluir con desvelada conciencia. Para intentar comprender esta afirmación desde los entre-espacios de su acontecer, sea preciso recorrer los tiempos de silenciosa visualidad-en-vaciamiento que contiene cada una de las escenas que componen el tríptico. Hacerlo —permitirnos habitar estas temporalidades (in)determinadas que configura la pieza dispuesta en tres variaciones sobre un mismo tema o paisaje— hará posible escuchar aquello que Cage tanto incitara en obra y en palabra: atender con ‘nobleza’ la existencia de cada registro sonoro o visual, tanto como hemos de saber reconocer y afirmar el acontecer en(de) su ausencia.[12]

En la primera imagen del tríptico que condensa y distiende la condición-en-frontera de la obra El Centinela I,[13] Carbonel destina su ‘entrada’ sobre el territorio capturado en una fotografía blanco y negro; imagen de un paisaje que parecería inocuo, a no ser por estar inclementemente perforado, exponiendo en extracción una gran masa que antes debiera haber habitado el paisaje; ahora en su sitio se nos muestra solamente un vacío. El irreversible ahuecamiento que (des)hace la imagen, parece sin embargo advertirnos sobre el riesgo de un destino revertido en un terreno sobre el que la mirada, como el cuerpo, no logrará asirse sino de lo que no está. El espacio negativo que funda su ausencia sobre el valle que anticipa la fundación de Mexicali se impone por horadación en la imagen. Figura sin masa que, derivamos, responde al espacio que originariamente, en territorio y en imagen, ocuparía El Centinela.

Sucede entonces que al primer recuadro del tríptico ese macizo montañoso que da título a la obra y perfil al descampado, aparece de primera intención vaciado de sí. El cuerpo que señala su ser-testigo de la historia del desértico terreno que anticipa la frontera no ha sido borrado ni intervenido, tampoco suplantado; sino simplemente extraído, desamparando su entorno como un paisaje residual.

La fuerza que anima el gesto-en-extracción comporta el rigor de la inclemencia que sólo podría contener el más profundo silencio; en su vacío, se evidencia la porosidad de aquello que, sobre lo violentado, aún se mantiene. Con esta primera imagen el artista funda como condición extrañamente comprobable ese entre-espacio del que hablaba Cage, un vacío —en tanto silenciamiento físico pero también simbólico— cuya línea seguirán por contorno las razones de su permanente reaparición en las imágenes que a un lado le acompañan. Vacío que en ellas sucederá en restancia (en restance), siguiendo a Derrida, para nombrar aquello que resiste aún después de la devastación del resto; restancia como condición que afirma la sobrevivencia y en ello la posibilidad de permanecer.

En apariencia desauratizando el contexto del que recorta el cerro y que resta en restancia como imagen, Carbonel asigna al territorio de tránsito migrante una especie de ciega certeza-por-desconocimiento como germen del empeño y convicción al paso asumido en condición y/o rendición de vida, de futuro; ajeno incluso y especialmente a los obstáculos visibles o invisibles. Recordemos, siguiendo a Walter Benjamin, que una de sus (in)definiciones del ser del ‘aura’ en la fotografía delineaba sus difusos contornos como una “irrepetible aparición de una lejanía por cercana que ésta pueda estar”[14]. Contra lo que pudiera ser no sólo aparente, sino necesario para poder hablar de aura en esta imagen destronada, ahuecada, centrifugada, la partida del sujeto retratado no cancela la posibilidad de convocarle, sino que, en su ser deshabitado, reduce el registro fotográfico a la confirmación —certera en su evidente desheredo— de aquella condenada lejanía configurada de una ‘trama muy particular de espacio y tiempo’ que Benjamin avistaba como ejercicio de percepción (a)temporal en la imagen. En esta obra, esa ‘cercana lejanía’, sensiblemente perceptible y de nostálgico origen irrenunciable[15] (incluso ante el aparente éxito de la imagen fotográfica por fijar uno de sus instantes como registro comprobable y duradero) se ve enfrentada de forma radical con la extracción de aquello que, en calidad de sujeto o motivo central del paisaje, debió originariamente fundar la toma. El vacío que en su lugar ha quedado comprueba por ausencia la transfiguración de su sustancia en la siguiente imagen, que, como veremos, hará por condensar en recuperación su aurática cercanía, aún si sobre los tenores de otra forma de registro: el dibujo.

Pero restemos aún sobre esta primera imagen para recorrer los vestigios de una presencia cancelada. Nos daremos cuenta entonces que ese volumen-en-extrusión con el que Carbonel funda el tríptico que nos ocupa, cancela con su desaparición la claridad de su dimensión referencial, dejando en su lugar una especie de espectro reflejado ‘antes’[16] o ‘debajo[17]’ del vacío. Lo que pareciera ser un cuerpo montañoso menor oscurecido, se muestra todavía, aún cuando ya sin referente para relacionarle, como una sombra tendida del voluminoso cuerpo superior cuya marca-en-vacío (des)configura de inverosimilitud la escena y nos orilla a intentar esos saltos entre ‘esferas’ de los que hablábamos entre Fuller y Cage.

Es entonces cuando se devela que esa ‘cercana lejanía’ aurática benjaminiana asume una extraña forma de plenitud en su espectral potencia. Imprevisiblemente incapacitados para resolver visualmente la distancia entre la estancia y la restancia de los cuerpos fotografiados, el espectador se encuentra de pronto perdido entre los resabios tonales de la imagen. Se ha revertido la asumida relación visual figura/fondo, pasmando la percepción diferencial entre lo que acerca y aleja la mirada que configura y resguarda los tenores del cuerpo de un paisaje. Centrifugada la (des)estancia de un cuerpo hacia la indefinible densidad residual del otro, la escena del violentado valle convierte su irreductibilidad compositiva en un juego dialógico de accidentes topográficos monocordes cuya sonoridad resuena en paralelo desde el más remoto extremo de su disparidad. Porque resulta que lo que visualmente, físicamente, en la imagen ‘no está’, acontece en la mirada con el mismo grado y temporalidad de potencia que lo que de porosa densidad resta. Imposible afirmar entonces, como se predijo, la desauratización por ausencia; permaneciendo suspendida en torno al disponer del vacío y sus efectos —donde el vacío ha fundado un sistema de resistencia por co-fragilidad que mantiene en tensión el espacio visible y el cuerpo sustraído.

Desde el enmudecimiento que impone a la imagen ese hueco por desprendimiento que des-perfilada la singulariza, la mirada se obliga a comprobar el vacío de blanca planimetría que comporta el registro del gran cuerpo ausente. Perdida la posibilidad de calcular con certeza la distancia y formas del recorrido que en otro caso activaría en su entorno, la imagen se abisma entonces hacia un aura de origen impreciso, ilocalizable, y sin embargo retenida, como si contenida en una suerte de cámara anecoica vuelta sobre sí misma. Recordemos que las cámaras anecoicas —usualmente entendidas como supresoras del sonido fuera del resguardo de sus dimensiones— funcionan por absorción de reverberaciones, es decir, aquellas vibraciones que hacen que el sonido se traslade, viaje en el espacio y al hacerlo devenga audible. En esta imagen, el cuerpo extraído parecería cancelar su propia acción reverberante y en ello, su posibilidad aurática. Sin embargo, el entorno, preso de la memoria por estancia inscrita en el antes de ese cuerpo removido, permanece cargado de una reverberación que hubo ya sido absorbida y cuya huella por contorno permanece, sobrevive al borde, en el entre-espacio que tanto le aparta como le une a su restar en co-presencia.[18]

Parecería que esta imagen existe en confirmación de aquella aguerrida afirmación de Cage a mediados del siglo XX en la que contundentemente declaraba: el silencio no habrá de ser ya solamente concebido como una mera pantalla para el sonido.[19] Al vaciar el contenido usual de su despliegue y el orden de nuestra atención —es decir, vaciando el aparecer completo de la forma o cuerpo ‘principal’ y la centralidad de atención de nuestra mirada sobre ello— el recuadro fotográfico remite nuestra atención y su tensión interna a un estado perceptivo desmarcado, desenlazado o ‘previo’ (siguiendo la noción zen sobre el ser del vacío) que nos posibilita reconocer la duración aurática o reverberada que permanece aún cuando se ha silenciado el cuerpo, figura o sonido antes reinante. Recorriendo así las ‘reverberaciones de indeterminación’ que contiene esta imagen (empatables con el tenor buscado por John Cage en toda su obra) el espectador se encuentra a sí mismo en libertad de observar aquellas sonoridades decantadas como prescindibles, disponiéndolo a convivir con una visualidad, sólo en apariencia discontinua, en la que habita el germen de la indeterminación —siguiendo el sentido de lo indeterminado en tanto ‘salto hacia la no-linealidad’ insistente e intensamente ejecutado en las obras de Cage.[20] Condición imprecisa, volátil pero extendida de continuidad que sin excepción se hace sensible al recorrer una frontera y que el artista peruano logra condensar como evidencia visual en su obra.

Vemos en esta primera imagen del tríptico “El Centinela I” que el artista recorre y recurre a diversos estados de indeterminación para plantarse en un lugar tan incierto como el que perfora la condición migrante. Pero más allá de los estados de indeterminación visual que conjuga esta primera imagen, sea posible leer la enajenada extracción que inscribe la irrupción volumétrica en pulcro ahuecamiento, como un enunciado visual seco y directo sobre la cruenta porosidad entre fronteras que literalmente desaparece al hombre que intenta perforar su impuesto y resguardado silencio.

Sea momento de acercar nuestra mirada a la diferencia etimológica originaria que despliega el decir de la existencia integral o extensiva del silencio, que Roland Barthes recuperaba en uno de sus último seminarios impartidos en el Collège de France dentro de la cátedra de Semiología literaria. En aquel seminario destinado a la reflexión sobre las cualidades y condiciones de lo neutro, Barthes señaló la distinción terminológica del silencio siguiendo la etimología de su voz latina con la intención de recuperar las dos acepciones originarias de la palabra. Reinscribiendo en la memoria del lenguaje el silencio de la naturaleza o silere –o como él bellamente le llama “especie de virginidad intemporal de las cosas, antes de que nazcan o después de que hayan desaparecido”[21]; frente al silencio como decisión o imposición humana —tacere.[22] No esté de más señalar como lo hiciera entonces Barthes, que al andar de la historia, la enunciación en reconocimiento del silere/silencio de la naturaleza, no sólo fue decreciendo en importancia y recurrencia de uso, sino que el lenguaje del mundo moderno habría de olvidarla por completo. Supeditada al habla, la palabra que habría de enunciar aquello inexplicable del silencio originario, desaparecería del habitar cotidiano; cediendo la potencia contemplativa y dispuesta del ser-escucha al ajustamiento por imposición del ser que ejecuta o recibe como imposición sobre sí, el silencio.

Recuperando ahora aquella perdida estancia en disposición de escucha del hombre ante el silencio de la naturaleza, la imagen de Carbonel parecería convocar en el decisivo carácter de su gesto injerto sobre la fotografía y el territorio que retrata, el recuerdo de esta perdida precisión etimológica sustancial. Como si el hombre no sólo se postulara incapaz de detenerse a la escucha del silencio entorno sino que, para recordarle (no ya en su sentir por reconocimiento dentro), fuera preciso denunciar su olvido con la altanera irrupción de un blanco vacío de consecuencias incalculables; refrendando en una imagen lo que la historia ha convenido en ignorar. Como si comprobando su desmemoria, el silencio del hombre confesara la futilidad de su veracidad visible en duración capturada, asignando en su imagen[23] el accidente topográfico y narrativo que silencia; advirtiendo en plena conciencia las consecuencias de su ser ignorado.

Sobre las condiciones históricas y culturales de (im)posición e (im)posibilidad de convivencia entre el silencio, digamos, ‘perenne’ (silere), y el silencio ‘circunstancial’ (tacere), volveremos más adelante; no sin apuntalar que, en inadvertida sintonía las intenciones de recuperación etimológica-lingüística que ocuparon a Barthes, la ya citada partitura de la obra 4’33’’de Cage dio lugar a la experiencia de ambas acepciones del silencio al hacer ejecutar una como precondición  de temporalidad dispuesta para la otra. Una más de las posibles lecturas que suman las razones por las que es ésta una de sus obras más determinantes para el desarrollo del pensamiento y realización estética de la creación musical y artística de la segunda mitad del siglo XX.[24] Antes de seguir recorriendo el tríptico del Centinela, es importante mencionar la alegórica lectura que el artista peruano anticipa para hablar de la desaparición del cuerpo del cerro en este primer cuadro, en un intento por comprender y visibilizar con qué asidua facilidad el cuerpo migrante debe consumirse como presa —esperanzada y trágica— de estos juegos de visión, ignorancia y olvido; no de manera literal aduciendo a los efectos alucinatorios de la insolación y deshidratación desértica que bien se conocen, sino con la intención de desplegar (de manera no carente de ironía y acaso con una cierta por certera crueldad), la potencia del engaño por minimización de los peligros entre los que se envuelve y condena un cuerpo desesperado, extremando su urgencia hasta hacer desaparecer montañas si con ello ha de alimentar su impulso para seguir adelante un paso más. Carbonel declara así sobre esta pieza que las ausencias impuestas y decantadas que comportan sus imágenes responden a las formas de desaparición o visualidad comprometida que acechan al cuerpo migrante.



CUERPO


El trasfondo rompe su silencio
sólo cuando hay procesos en el primer plano
que superan su capacidad de resistencia.[25]
P.  Sloterdijk


Simplificando a la mirada del complejo desdoble de visualidades y porosidades sonoras|audibles con que Carbonel inicia el tendido de su obra al intento por asir la imagen del icónico sujeto topográfico bien llamado ‘centinela’, el segundo momento del tríptico centra su atención en las delicadas líneas de un detallado dibujo del cerro cuya imagen en presencia comprobada, hasta ahora, nos había sido visualmente negada. 


En este segundo cuadro, el artista dibuja en carboncillo el macizo montañoso sobre un límpido papel algodonado de equivalentes dimensiones a la fotografía que le antecede; entregándonos como registro de presencia no ya una irreverente incisión, sino la precisa descripción que hacen los trazos de una mano tan diestra como certera en el recorrer recuperado de los volúmenes y texturas del cuerpo del cerro. Estudio en grises oscuros y negros que se ancla en el vacío con la sola fuerza de su presencia, ajeno a los detalles que, como hemos visto en la escena anterior, conforman el entorno. Ante nuestra mirada se enuncia el silencio centenario y pétreo del Centinela, desplantando no sólo simbólica sino físicamente esa honrosa soledad con que se yergue un cuerpo-vigía.

A un lado de la fotografía ahuecada, de silencio impuesta y evidenciada sobre el aura de su propia ausencia, Carbonel recupera dibujando el antes enmudecido cerro, para postrarlo ahora exento, desprotegido y desencajado —desvirtuando el requisito compositivo-contextual de ubicación y distancia por relación.

Ensanchado de inmensidad y desafiando el acecho de su natural entorno, el dibujo da lugar a la plenitud de la vibración sonora que ha condensado sus trazos. Ese cuerpo primero fotografiado que de origen nos fue negado, dejando por lugar el vacío para recordarnos la violencia que encinta la imposición del tacere sobre el silere, es ahora recuperado como único elemento de la vista que antes fue paisaje. No se escucha ya la extensión visible de su contexto; se ha dispersado el aura de aquella compleja y lejana cercanía cuya ausencia paralizaba ante el blanco abismo la imagen anterior. Al tiempo que el ojo recorre la densidad de su grafía, desaparece de la memoria el estado impuesto sobre ese mismo cuerpo cuando censurado; se encarna ahora frente al espectador la tranquila continuidad que incorpora por entrega el silencio comprometido de una escucha dispuesta. El tiempo de la mirada que cuando enfrentada al fronterizo paisaje se hizo de preguntas a las que buscó respuesta, se resguarda en esta imagen contenida en cada uno de los trazos con que la mano joven recuerda la agrietada y envejecida piel del cerro.

Devuelta la presencia desencajada, el espectador afina la mirada y templa el gesto, agradeciendo el tiempo que piden los detalles y el espacio para poder posarse sobre los pliegues en claroscuro que suponen los registros y accidentes topográficos de aquel cuerpo pétreo y terroso en tal disposición contemplativa que casi logra hacernos olvidar que su figura anticipa una frontera en su violenta imposición en quiebre al equilibrio de una misma geografía. Pero aún, suspendido en contemplación como el cerro dibujado sobre el papel, aquel que se resguarda entre los trazos de grafito a la estancia de observación/escucha que esta imagen condensa, comienza a recordar el tono y cadencia del silere y al hacerlo, recupera desde la enseñanza de Roland Barthes la urgente trascendencia de hacernos recordar ese silencio que hace posible la condición misma de comunión entre el cuerpo y la naturaleza; como entre la memoria de la mano guiada por la vista posada sobre la extensión del horizonte y el recuerdo asimilado del un dibujo que en su contención, resuena. “Golpe de afuera, clamor del adentro, ese cuerpo sonoro, sonorizado se pone a la escucha simultánea de un ‘sí mismo’ y un ‘mundo’ que están en resonancia de uno a otro […] con esa escucha misma en que lo lejano resuena de muy cerca.”[26] Es esto mismo lo que sucede, descrito a profundidad por Jean-Luc Nancy; y en ese encuentro silencioso de mundos sonoros evoca desde el cuerpo, ya no sólo en la imagen, el resonar de lo ‘lejano muy cerca’ o esa ‘cercana lejanía que Benjamin supo enseñarnos a intuir al mirar.

Relevado del contexto, carente de distensión por pertenencia territorial, la forma extiende los instantes de nuestra atención sobre su registro, recuperando en el cuidado y continuidad de su trazo la blanca sonoridad del terreno cuya cima vigila. En esta segunda imagen, el desértico entorno al que descenderían las laderas que con maestría capturan los rasgos del Centinela, ha sido reducido a nada. Al hacerlo, Carbonel nos confronta así con otra forma y densidad del vacío, enfrentándonos nuevamente, por oposición, a sus efectos visibles por densidad y audibles de ausencia. Sin embargo, al hacerlo va confesándonos también sus intenciones decantadas. Pues bien podríamos creer que a pesar de haberse hecho de un cuerpo denso de singularidad en sus volúmenes, ese mismo cuerpo montañoso vuelve a encontrarse enfrentado al blanco vacío; señalando en la descontextualización de su presencia tan sólo un territorio doblemente desahuciado. Cuando es justamente lo contrario lo que ha sido puesto en marcha. Ceñida su representación al enmudecimiento de sus contornos sobre el blanco del papel como superficie ecuánime de austeridad; el cuerpo dibujado del Centinela reversa el enfrentamiento que antes soportó el entorno violentado en el perforar de oquedad su centro.

Recordemos que en nuestros intentos-escucha sobre la primera imagen empatamos su estrategia con el funcionamiento de una cámara anecoica; hacerlo nos permitió entender el pasmo aurático de la imagen al removerse el cuerpo central, sujeto de la fotografía. Retomar la figura y funciones de la cámara anecoica al entender de esta segunda imagen nos permitirá ahora comprender la precisión de la mirada destinada como tiempo y detalle sobre los trazos como consecuencia de esa captura de reverberaciones. Contenidos los trazos dentro de su propia marca y huella, el dibujo del cerro que antes no vimos nos ofrece ahora una mirada completamente centrada sobre sí. Como si la luz que le hace visible fuera absorbida por completo, no dejando que nada rebote para iluminar más allá de sus propios contornos. La colocación de este dibujo como segunda estancia en la secuencia del tríptico perfila los intereses descriptivos, operativos, narrativos y simbólicos del artista después de haber enfrentado el cuerpo/escucha a la violencia del silencio impuesto en la primera imagen. Es ahora, en la temporalidad en duración confiable que precisa la calidad del trazo y completud del cerro dibujado, que Carbonel parece responder en paralelo y de forma integral a la experiencia de Cage dentro de la cámara anecoica; cuando obligado a desentenderse del entorno y sus perfiles sonoros y visuales, dispone por entero su atención a un solo cuerpo y sus detalles, ritmos y condiciones. Así, el dibujo del Centinela dispuesto en el vacío de un blanco impoluto, parecería existir dentro de una de estas cámaras, dándonos a ver lo que de otra forma nos sería imposible escuchar.

De tener tiempo la mirada que migra sobre una frontera, podría quizá sostenerse así, con calma y en detalle sobre los cuerpos que despliegan los registros en remanso o entrega de su propia visibilidad. Como retando este natural apareamiento contextual del tiempo en apremio como condición de sobreviviencia, Carbonel se atreve a condensar en los tiempos de la mano los perfiles del silere y entrega su temporalidad por entero a la escucha de la piel del cerro —necesidad que de otra forma alimentaría la mirada, si no supeditada a la urgencia de su constante movilidad (si acaso lúcida para destinar con tal precisión la porosa cualidad de sus posibilidades de tránsito). Entre los registros pausados y respetuosos del dibujo, el artista destina a la visibilidad la fugacidad de una oportunidad negada: si tan sólo el cuerpo obligado a re-correr estos parajes supiera absorber en un instante de silencio y vista precisa, certera y fiel su potencia como disposición de escucha para saber atender el origen e intensidades de todos esos otros sonidos que construirán o demolerán su recorrido… La temporalidad que condensa este dibujo se compone así de un tiempo que no se tiene y que al cuerpo urge enfrentarle sin ver.

Es así que empleando recursos de silenciación por vaciamiento en apariencia similares, las primeras dos imágenes de El Centinela I hacen cuerpo de distintos ordenes de porosidad, evidenciando la vitalidad que anima el poder condensar nuestra habilidad y disponibilidad de escucha ante las distintas acepciones del silencio cuando ejecutadas desde la indeterminación de su apariencia. Haciéndonos dudar de nuestra propia capacidad de observación para recordar y registrar los tonos y formas de nuestras relaciones de coexistencia con el entorno.

Resulta trascendental en este momento detenernos para reflexionar sobre la elección del dibujo (y no la fotografía) como segundo momento de la obra; siendo desde su estancia de condicionada ‘veracidad’ que el artista decide destinar el tiempo de observación intensa sobre el paisaje. Tal elección parece querer revertir el devenir de la técnica fotográfica en tanto consignación de fiabilidad histórica. Al hacerlo, la obra de Carbonel deshabita por partida doble la estancia cuya percepción atiende y en ello reconfigura la lectura asumible de la imagen entre el cuerpo del vacío y el vacío del cuerpo. En una suerte de ‘reverso histórico’, la elección que hace Carbonel sobre el orden de las técnicas que emplea —el regreso al dibujo después de la fotografía— configura su apuesta por la certeza figurativa y visual de esta técnica artística primigenia (el dibujo), no como prueba de su maestría, sino como un ejercicio de escucha que anhelara recuperar(se) en el silencio de la naturaleza.

Será entonces la mano que extiende y retrae su fuerza sobre la punta del grafito queriendo condensar en el papel la vista sonora empeñada en recordar los bordes del territorio, quien decida enfrentarse al profundo silencio por imposición que dejó el gran hueco de su primera imagen para (re)aprender a escuchar más allá de la herida, del rapto, de la huella de lo indecible; para (re)aprender a escuchar desde una mirada hospitalaria —es decir aquella que se confiesa imposibilitada para ver venir la llegada del daño, de lo extraño, del extranjero (siguiendo a Derrida) y por ende, imposibilitada para aprehender la extensión del territorio de un solo vistazo; conciente de su condición de imposibilidad para controlar el horizonte. Esa mirada hospitalaria se entrega así desde los reductos de sus pequeñas partes, uniendo en el tejido de sus fragmentos lo que ve y lo que desconoce, lo que ha andado y lo que teme; reconociendo en el dibujo la relación del trazo consigo que el cuerpo logra extender como ofrenda de sí al territorio. El artista reconoce y representa el tiempo cuyo respetuoso asimilar asegura en el cuidado —negada ya la captura en voracidad del instante fotográfico— con que describe las líneas del cuerpo montañoso entre el vacío que le da lugar  como temporalidad sonora[27] y le permite expresar la textura de su singularidad.


FRONTERAS

La posición aparece, por lo que vemos,
por plegamiento sobre sí,
o por obstinarse en permanecer en un lugar inesperado.[28]
P.  Sloterdijk


Dispuesto de nuevo sobre un fondo blanco, el tercer y último cuadro del tríptico repite el perfil del cerro extraído en la primera imagen y dibujado en la segunda. La reiteración de la figura extendida sobre la horizontal, irregularmente puntiaguda entre sus bordes, nos es por su contorno ya abiertamente reconocible —aún cuando en esta tercera invocación, en su interior se extiende la faz de un cuerpo ajeno. Entre los bordes reconocidos vemos una imagen fotográfica en color que retrata un territorio descampado; vasto tendido sin-cerro que habita los contornos del cuerpo que consigo desaparece. La indeterminada extensión de horizonte se muestra así apresada en el replicado contorno de un cuerpo al que, apenas unos minutos antes, habíamos (re)aprendido a escuchar.

Al ser nuevamente producto de un proceso de extracción, la forma que el artista ha decidido entregarnos en la tercera escena nos enlaza de manera más directa con la primera imagen que con el dibujo que le antecede —acaso por continuar en semejanza con la textura visual de la técnica fotográfica; quizá por la equivalencia en densidad tendida de un entorno despojado. Lo cierto es que la reverberación visual que escuchamos sobre los extremos del tríptico comparten en complicidad su ser impuesto como vaciamiento. Al recorrer visualmente el tríptico, se hace evidente que ambas estancias de temporalidad sonora hacen las fronteras exteriores de la pieza aferrándose a sus extremos como ejecuciones de imposición silente sobre el paisaje. (Invoquemos a Cage en su consumación de estas formas de ejecución silente.) El cuerpo en duración dibujado que el artista decide como centro de la composición, no hace sino corroborar la distancia (visual, técnica y narrativa) que anima su ser silere.

Sucede entonces que a pesar de coincidir en tamaño, disposición y condiciones sobre el fondo blanco de la hoja, poco tiempo toma a la mirada asegurar que este tercer registro en recorte perfilado del cerro vigilante, no resuena en el mismo tenor que el cuadro anterior. A pesar de compartir la exactitud de los finos recortes que registran su perfil topográfico sobre el blanco fondo, lo que vemos ahora en el espacio que ocupaba el peso, tiempo y textura del Centinela, es sólo la forma en residuo de sus bordes como si hubiera sido inundada por el entorno austero y un tanto anónimo que aquí la llena.

Deshilvanando las distancias y consistencias de un paisaje de tránsito migratorio en un estado igualmente polarizado —es decir, tensado entre el mayor grado de atención que la mirada en fuga es capaz de sostener y la quebradiza certeza ante la fugacidad de lo percibido en proporción con el miedo creciente al avanzar del cuerpo cada vez más al norte— el artista hace culminar el tríptico sobre el registro de su despliegue escénico en el género de representación más fácilmente empatable con la realidad: una fotografía a color en buena resolución de un paisaje que no acusa mayores sobresaltos. Apenas para imponer sobre esta imagen de la imagen una doble impostura, condensando sobre la conjunción apresada de los silencios bartheanos, un tercer tenor esquivado de invocación. Es el tenor en el que los silencios —aquel que hemos recuperado como el silencio de la naturaleza y ese otro, el del hombre— se enfrentan sin reconocerse luchando por ocupar el tiempo de un mismo espacio. Cuando esto sucede, ‘algo’ o ‘alguien’ irremediablemente se pierde.

En esta tercera imagen, el seco territorio que anticipa la capital bajacaliforniana y su estancia-en-frontera con la población de Caléxico, CA, espera cautivo dentro de su propios límites ausentes, la esperanza vibrada de una huella. En un exiguo intento por escapar a su temporalidad siempre y sólo recorrida, el valle que abre camino a Mexicali se ahoga entre los bordes del cuerpo que al migrante señala. Pues sobre la condición de esta sobreposición visual, se confirma que una vez expuesto como contorno ante la inclemente vastedad del territorio, ya no hay tiempo para el tiempo.

Ahuecando el paisaje en sentido inverso, Carbonel ha desprendido la forma del cerro de la topografía que re-presenta para vestirla de apariencia con la imagen rebotada de un falso espejo. Capturado, el continuo territorial sin-cerro habita su huella blandiendo su nada doblemente deshabitada. Extrudida la musculosa masa montañosa devasta el volumen mismo de su representación entre los insignificantes colores de un paisaje sin referentes; la presencia antes vigilante y guía del trayecto, mirada, tiempo y distancia, deviene irremediablemente alienada, incapaz de defender su peso frente al desencajado registro que convoca el espejismo que carga como interior expuesto.

Llegados al límite, Carbonel nos obliga a ver de nuevo (o por primera vez) ese territorio que hasta ahora habíamos casi por entero ignorado para preguntarnos si tan sólo, siguiendo en el gesto los mismos bordes, logramos seguir escuchando los tenores de la montaña. El recorrido de estas tres imágenes nos confirma que, de un instante a otro, dentro del resabio cierto de la figura que asumíamos saber distinguir, podemos estar igualmente perdidos en la más profunda sordera de la mirada —esa que no sabe ya ubicar, no sólo su cuerpo en el espacio, sino el espacio dentro del cuerpo.

Una vez que el sentido simbólico de la representación (en tanto recuperación de la imagen exterior en la memoria interior) resta por deserción, olvidada o ignorada la perenne presencia cuyo sólo avistamiento bastaba para recuperar la ruta, se ha perdido la condición vital del andar, pues no se tiene ya conciencia de la duración del tiempo. Por ello es que en esta tercera imagen de El Centinela I encontramos como figura del cerro apenas el juego de un recorte pueril, deshonrado, impuesto como fachada de un contexto que aunque propio, resuena esquivo de tanta ceguera; falsamente colocado, saturado de un horizonte que promete figuras imposibles de cumplir.

El juego visual que el artista enfrasca en esta tercera imagen pone de manifiesto otra de las más comunes disposiciones de entrega desde las que se arriesga el cuerpo migrante. Sugiriendo que, si en la urgencia de creer que puede alcanzar su destino el cuerpo migrante lo requiere, habría de encontrar en la topografía una límpida visión como falsa continuidad; haciendo confundir el silencio impuesto de esta planimetría que se ha emplastado en lugar de como prueba visible de accesibilidad.

Pero, ¿es que el paisaje, como la mirada, han de terminar tan reducidos como parece? ¿Es esto lo que el artista en su obra ha escuchado restando de pie frente al gran cerro que gobierna la Laguna Salada? ¿Es que la hospitalidad de insistencia conquistada que nos fue entregada en el segundo cuadro del tríptico no hizo más que detenernos en vano y en vilo sobre la duración de un pa(i)saje de antemano perdido?

Residual y taciturno[29], el cerro que ya no está, no sólo desaparece sobre el paisaje que intenta permanecer como aparente remedo de su propia resonancia. Aún si de primera vista pareciera confirmar la sentencia que desploma la mirada nublada de expectativas que carga por la espalda quien se ha visto obligado a reducir su existencia al enmudecer extranjero, el cerro, acompañante y vigía, no desaparece sin dejar por huella su contorno. Destinando aún la posibilidad de duración, de aceptarse la constitución de la propia historia como un entramado de huellas[30] cuyo rastro impide el borramiento último e irreversible, el del contorno que asegura no sólo la mirada presente sino el recuerdo de su retorno. Resto discreto, quizá malentendido de insuficiencia, pero que al ejercerse en memoria del trazo por duración aprehendido sobre un territorio —cuya vastedad se confirma de otra forma inaprensible— ofrece todavía al cuerpo la (in)visibilidad de su último registro en silenciosa (más no silenciada) sonoridad.

Comprendiendo que el migrante depende esencialmente de la confiabilidad y condiciones de visibilidad del territorio; podemos entender que este último cuadro en el que el artista concierta el final de su recorrido sobre el territorio fronterizo, es entregado por complicidad en conciencia de la potencia de su condición porosa a aquel cuyo cuerpo ha de aprender a ver-escuchando para leer los registros sonoros del paisaje que pueden determinar el trazo de su destino. Sabiendo que, cuando enfrentado con la intransigencia de ciertas densidades que por imposición injerta enmudecen, recordará cómo convertir el silencio en escucha y la mirada enceguecida en paisaje destinado.


SILENCIO

Dado que es urgente recordarnos que —aún y especialmente en territorios cuyo recorrido se funda sobre la desaparición de los cuerpos[31]— se puede convertir el gesto en trazo; el trayecto en historia; el riesgo en herida y el presente en sobrevivencia, ha sido preciso tender la lectura de la obra El Centinela I del artista peruano Alejandro J. Carbonel siguiendo el registro más fino de sus bordes. Sólo entonces deviene audible su porosa visualidad como un discreto enunciado esperanzado de hospitalidad —temporalidad y espaciamiento todavía posible— por darse y reconocerse.

Recordándonos que, conforme más inhóspita es la condición del entorno, aumenta en proporción la capacidad-escucha del cuerpo que le enfrenta. Hemos visto cómo en el pasar de una a otra imagen, el artista cimbra los perfiles del vacío entre cuyas derivas interviene la legibilidad, comprensión y posibilidad aprehensible del paisaje y su despliegue bidimensional dando tiempo y espacio al silencio, como lo hiciera John Cage en su ya invocada obra 4’33’’, para evidenciar la irrupción del silencio como estancia dialógica entre la disposición/imposición que de manera ‘experiencialmente activa’ puede fundar el encuentro entre la obra y el escucha.

Recuperando una de las concepciones taoistas cuya comprensibilidad entiendo entre las más alejadas a las formas del pensamiento occidental sobre el sentido y manera de ejecución del obrar,[32] la contundente claridad que hace acontecer el gesto ‘inactivo’ de interpretación de la obra silente de Cage, nos acerca a la posibilidad de entender la acción como espera en confluencia con la existencia integral del entorno.

Está escrito en el Dao de jing: “Vacío, no queda exhausto. En movimiento, exhala sin cesar. Las muchas palabras pronto se agotan: más vale guardar el centro.”[33] Esa estancia que guarda su centro en condición de observación y escucha, silenciando los apremios de sus acciones cuando desesperadas intentan sin descanso seguir enlazando esferas, llenando huecos, ocupando vacíos, nos remite en la pieza de Cage a una condición similar de asimilación del entorno por la vía del silencio y la atención pausada que confiesa como lucha y alcance la obra de Carbonel. Hay en ellas un tenor compartido que, develando el trasfondo de la imposición, hace evidente el ejercer de su capacidad de resistencia ante las exigencias que apremian la existencia cotidiana. Sea en el caso del músico como liberación de las ataduras estructurales del pasado en la historia de la música que asume sólo para transgredir sus fronteras reconsiderando el entendimiento mismo de sus elementos esenciales: sonido y silencio —sea en la confesión de imposibilidad de asimilación de la extensión del territorio en el perseguir de sus bordes, para jugar en cambio con las posibilidades de negociación visual, física y conceptual que destinen asible el terreno en la observación y escucha detenida de sus fragmentos— estas obras asumen el vencimiento como entrega en prenda de su propia experiencia. [Entendiendo el vencimiento desde la doble coyuntura significante que la palabra encinta: es decir, para pensar en un objetivo en lucha por vencer aquello a lo que se enfrenta; como también entendiendo la disposición vencida como estado de comprensión dispuesto más allá de lo impuesto, restando así la fuerza de su carga en la asimilación de nuestro lugar y sentido, no-dependiente de condicionamientos externos de agresiva presencia o intencionalidad.]

Al comprobar la imposibilidad de experimentar el silencio absoluto, Cage accionaba ya como estrategia vivencial en su obra ciertos mecanismos de silenciamiento temporal y espacial específicos en potencialización de la escucha (tanto del autor como del espectador); mismas estrategias que más de medio siglo después el joven peruano descubriría a su modo como única (com)posición disponible y dispuesta para entender el mudo testimonio de (in)visibilidad migrante que su propia estancia como cuerpo ajeno al entorno fronterizo le permitiría develar sobre los accidentes audibles y silenciados del terreno. Acechando los presupuestos ordinarios de asimilación visual y auditiva, ambos artistas desembalan la plenitud expansible de la percepción en tanto apremiante irrupción al re-conocimiento del asir cotidiano. Al obstruir y redireccionar las condiciones usuales de lectura y comprensión estética de la obra de arte, ambas obras reconfiguran el registro de su penetrabilidad como potencia de experiencia receptora activando estrategias directas y esenciales que hacen resonar el tenor de sus encuentros entre sus particulares procesos creativos a partir de la reducción, discretización, silenciamiento, extracción y vaciamiento.

Estrategias de disposición a la escucha de lo ignorado que emergen de un mismo gesto primario o fundacional en ambos artistas: el trazo como condensación de la estancia de encuentro que anhelan —para Cage, destina el tiempo en título que comporta y conlleva la obra como único cuerpo ‘visible’ en el definir de la duración y ejecución de su existencia silenciosa, durando el tiempo preciso de su ausencia dentro de la partitura; en Carbonel, como silente confesión de la experiencia y temporalidad del dibujo en tanto proceso de interiorización de los perfiles de exigencia, riesgo y cuidado que más allá de su imagen se distienden al recorrer de un territorio. Ambos trazos son enunciaciones de duración definidas por la temporalidad que gestan. Estancias de encuentro que, como hemos visto, mantienen una relación esencial e integral con las dimensiones fenomenológicas del silencio recuperadas por Roland Barthes.

Venga bien recordar que Cage intentó también hacer del trazo dibujado por recuperación de bordes, la manera de registrar la presencia-ausente de cuerpos físicos. Recordemos su serie Ryoanji en la que trazaría los perfiles de un sin fin de piedras recolectadas sobre la delicada incisión de la punta-seca sobre el papel de algodón.[34] Los registros empalmados de aquellas piedras, más o menos densos por acumulación y destino,[35] acontecen sugiriendo el trazo de sus cuerpos y contornos como huellas habitadas de vacío dispuestas en el espacio contenido de infinitud de la obra de arte.


Durante buena parte de su vida adulta, John Berger mantuvo un significativo intercambio epistolar con su padre, Yves Berger. En estos diálogos escritos, cada emisario recurriría a sus particulares experiencias como dibujante, teórico y académico para entresacar configuraciones sobre una serie de aparentemente sencillas preguntas lanzadas entre sí. En una de sus cartas, John se refiere a una vieja serie de dibujos hechos por el padre y sobre ella sugiere una interesante conclusión determinante a nuestros intereses presentes: “Dices que [tus dibujos] parecen fonemas, pero visuales. Y Joseph Beuys dice que hablar puede ser una forma de escultura. Si retuerzo juntos estos dos hilos, podría decir que los dibujos son sonidos esculpidos.”[36]

Acercar esta sugerente afirmación como premisa para la lectura entrelazada de las obras cuyas sonoridades hemos venido siguiendo, nos ofrece asegurar su encuentro justamente en ese espacio entre-espacios cuya importancia Cage urgía en señalar. Pensar en el dibujo como ‘sonido esculpido’ es colocarle y colocarse ante él en la brecha misma que señala una frontera —esa franja, perfil o contorno cuya pertenencia neutra se admite como una suerte de tregua geográfica pues contiene, precisamente, el germen de continuidad entre ambos territorios.

Si ante estas obras nos hemos ocupado en localizar los bordes que por definición de existencia nos permiten destinar al sonido sus condiciones y capacidades más allá de su posible estructuración musical; y al paisaje su fragmentación extensible más allá de su limitación horizontal fronteriza, lo hemos hecho no para distinguirles, sino para situarnos en posibilidad de continuar su corporalidad fuera de esos límites que con mayor o menor visibilidad operan en su expresión y nuestra experiencia. Intentar definir(nos) en la escucha del dibujo y en el trazo del sonido son intenciones complementarias que si algo demuestran es nuestra urgencia por encontrar y disponernos hacia otros espacios y temporalidades de inscripción y legibilidad —no sólo entre las artes (disciplinas, técnicas, formas de expresión artística) sino y especialmente entre los cuerpos y sus formas de configurar, ofrecer, recibir, recoger, rescatar y habitar esos gestos de hospitalidad que han conseguido hacerse durar entre la escucha y el rumor.




IMÁGENES:

Alejandro J. Carbonel. Centinela I. 2011. Tríptico - fotografía y lápiz sobre papel de algodón. (Cortesía del artista)

John Cage. (7R)/15 (Where R=Ryoanji). 1983. Lápiz sobre papel japonés hecho a mano.



[1] Berger, Georges. Especies de espacios. p 88.
[2] En su libro Silence, Cage rememora la primera vez que entró a una cabina o cámara anecoica en Harvard Unievrsity en 1951. Escuchó en su interior dos sonidos, uno más alto o agudo que otro. Al salir preguntó al técnico encargado qué eran estas sonoridades que había escuchado; le fue explicado que el sonido más agudo correspondía a su sistema nervioso, mientras que el sonido de tono más bajo era su sistema circulatorio. Sonidos inintencionales decía Cage, que producimos todo el tiempo, así no sólo es imposible sino que carece de sentido tratar de distinguir entre el sonido y el silencio cuando el silencio estará siempre habitado por sonidos. Al respecto ver: Cage, John.  “Silence” en: Lectures and Writings by John Cage.
[3] En Dar (el) tiempo Derrida habla del don como un fenómeno cuya existencia supone una ‘cierta incondicionalidad’; en ello radica su posibilidad de acontecer. El don como acontecimiento, el acontecimiento del don afirma Derrida debe suceder como una entrega desinteresada, irruptiva; “debe desgarrar la trama, interrumpir la continuidad del relato”; pero, en ello está su paradoja, señala el filósofo pues no podría haber don sin intención del dar, sin conciencia de entrega —“todo lo que procede del sentido intencional amenaza también al don con resguardarse, con quedar (res)guardado en su propio gasto”. Sin embargo, como nos ha enseñado su pensamiento, el don sucede, es posible en su imposibilidad —y para que se de ese acontecer es preciso que haya azar, encuentro de algo involuntario, incluso inconciente o desordenado. Derrida, Jacques, Dar (el) tiempo I. La moneda falsa. pp. 122-123.
[4] Siendo, como pocas veces se recuerda, que Cage habría de escribir otras 2 variaciones de esta misma pieza 4’33’’. “La primera , 4’33’’ es para uno o varios músicos. La segunda 0’00’’, indica que una obligación respecto de otro debe ser cumplida, parcial o totalmente por una sola persona. La tercera consiste en la reunión de varias personas que practican un juego —puede haber dos o más jugadores— en una situación que se amplifica. Cualquier juego —por ejemplo una partida de bridge, o de ajedrez— se convierte en una obra musical que es esencialmente silenciosa.” Cage. Para los pájaros. p 260.
[5] “El derecho al espacio […] supone simplemente la posibilidad de simultaneidad.” Ibid. p 203.
[6] Jabès, Edmond. Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato. p 58.
[7] John Cage. Para los pájaros. p 43.
[8] Budismo ‘clásico’ como gustan precisar algunos estudiosos, cuyo primer acercamiento y prolongado interés devino de los cursos impartidos por el monje y estudioso budista japonés D.T. Suzuki en la Universidad de Columbia entre 1949-1951 en los que Cage participó. En 1962 Cage iría a visitar al maestro Suzuki en Japón en un viaje organizado por Yoko Ono y Toshi Ichiyanagi.
[9] Explorando a profundidad la figura de la ‘esfera’ como figura epistemológica paradigmática del siglo XXI, se recomienda el estudio homónimo de Peter Sloterdijk. En su análisis del sentido ‘esferológico’ de las sociedades, Sloterdijk las define como “asociaciones agitadas y asimétricas de multiplicidades-espacios y multiplicidades-procesos, cuyas células no pueden estar ni realmente unidas ni realmente separadas.” Sloterdijk, Peter. Esferas III. p 49
[10] Ibid. p 107.
[11] Pensando en el sentido del ‘dar’ derridiano, ese dar (lo)imposible; ‘dar lo que no se tiene’, del que habla entre otros escritos en Dar (el) tiempo (la moneda falsa).
[12] Cage describía la ‘nobleza’ como la habilidad de dar un tratamiento igual a todas las cosas; es decir, ser capaces de mantener un sentimiento de igualdad frente a cada cosa —forma de estar en el mundo, íntimamente ligada con los fundamentos del pensamiento zen.
[13] Asumo la libertad de poder hablar de una condición-en-frontera desde la cual se presenta la obra ya desde su primer cuadro, pues, aún si se desconociera la locación y contexto geográfico/político de la imagen, su estar ‘recortado’, incontinuo, en extracción, la enfrenta germinalmente con sus propios límites. Siendo en el momento de la primera aprehensión de su apariencia, cuando aquella fractura material determina de forma decisiva e irreversible la concepción estética y la lectura conceptual de la obra desde el registro de sus bordes como incisiones de violenta imposición sobre la continuidad natural de un paisaje. La innaturalidad que figura el recorte del cerro Centinela en esta primera imagen del tríptico predispone al cuerpo y a la mirada haciendo uso de los mismos elementos y demarcaciones de (im)posibilidad con los que opera y acciona una frontera política al paisaje faccionado entre dos países.
[14] El primer escrito en el Benjamin menciona la figura del ‘aura’ presente en las antiguas imágenes fotográficas es en la “Pequeña historia de la fotografía” (1934, p 75); más adelante desarrollará sus reflexiones sobre ella con un poco más de amplitud en “La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica” (1935).
[15] Recordemos que Benjamin cita sus reflexiones iniciales sobre el aura analizando aquellas imágenes fotográficas que construyeron los inicios de la historia de la técnica.
[16] Hablaremos de un ‘antes’ en la imagen si seguimos la lectura topográfica narrativa que tanto la pintura como la fotografía de paisaje nos han enseñado a ‘leer’ el cuadro, la escena o el paisaje —esto es del ‘frente’ hacia ‘atrás’ para asimilar sus intenciones y formas de representación de la profundidad espacial.
[17] Denominaríamos la forma por disposición en el cuadro como un ‘debajo’ del cuerpo ahuecado si sobre la extracción seguimos la escena como compuesto gráfico, ya no referencial de un cierto terreno recorrible al cuerpo o a la mirada, como lo supusimos en el nombramiento de ubicación anterior.
[18] Valdría recordar aquí esa ‘geometría de vecindad’ a la que se refiere Sloterdijk en el análisis de las ‘paredes’ que comparten las esferas en el caso de las burbujas, existiendo por co-fragilidad en la compartición de sus bordes, que si bien las mantienen al extremo de su cercanía, es esa colindancia extrema su imposibilidad de cercanía real, siendo su estancia de unión, la misma que dispone su aislamiento. Op.cit. Sloterdijk. pp. 48-49.
[19] Op.cit. Cage. Para los pájaros. p 37.
[20] La condición de indeterminación, fundamental en el pensamiento y obra de John Cage, suponía no entenderla como ‘un estado de variedad más o menos perfeccionada de la determinación’.  Hablando sobre el tema con el académico Daniel Charles en el ya citado libro/conversación Para los pájaros, Cage: “usted olvida que de una a otra hay un salto. ¿Y cómo dar ese salto? Mi respuesta es: dejando actuar al tiempo. […] en vez de reservar las posibilidades, en vez de dejarles solamente la facultad de presentarse en sucesión, se trata de fracturar su linealidad y acumularlas, inmediatamente y todas a la vez.” Ibid. pp. 246-47.
[21] No dejemos de atender la cercanía que esta definición o comprensión del silere entregada por Barthes resuena en compañía con la comprensión zen del vacío, o ‘la vía’ (el dao) taoista, en tanto esa existencia de la que no se habla, indefinible, invisible e incognoscible y que precede todas las cosas. Recordando que Barthes estuvo también profundamente interesado por el pensamiento oriental; en su caso específicamente vinculado al pensamiento taoista –deriva del budismo chan desarrollado en China.
[22] Barthes, Roland. lo neutro. pp. 67-76.
[23] Entendiendo con este término que destina tanto como libera su ser ‘signado’ —apelando al prefijo ‘a’ en tanto negación.
[24] La obra en partitura 4’33’’ de John Cage fue por primera vez ‘interpretada’ en  agosto de1952 por el virtuoso David Tudor en el Maverick Concert Hall, cerca de Woodstock, NY. El espacio es un granero abierto en ambos extremos rodeado de bosque, de tal forma que los sonidos de la naturaleza que le circunda son parte integral del lugar. Para su ‘interpretación’ el pianista debía levantar la tapa del piano, esperar 30 segundos y cerrarla –concluyendo así el primer movimiento. Al volver a abrir la tapa el segundo movimiento transcurriría en un lapso de 2 minutos 23 segundos, terminando de nuevo con el cierre de la cubierta de las teclas. Una última apertura señalaría el inicio del tercer movimiento llegando al final de la pieza al transcurrir 1 minuto 40 segundos. (Estos son los tiempos impresos en el programa del Maverick Concert Hall; sin embargo, posteriormente la obra impresa anotaría los tres tiempos en la siguiente disposición: 33”/ 2’40” / 1’20”.) Cage señalaría la definitiva influencia que sobre la creación de esta pieza tuvieron las pinturas blancas de Robert Rauschenberg; acaso intuyendo la multidireccionalidad del diálogo y relaciones de influencias desde y hacia otras artes entre las que su pieza extendería sus efectos durante las décadas subsecuentes y hasta el presente. Los monócromos blancos de Rauschenberg, realizados con pintura blanca para muros, buscaban condensar las sombras que sobre la fachada de una casa dejara en huella el andar de un paseante. En 1951 el artista escribía a su galera (Betty Parsons) sobre nuevas pinturas por él consideradas “casi como si fueran una emergencia”. Describiéndolas como “grandes lienzos blancos (1 blanco como hay 1 Dios) organizados y seleccionados con la experiencia del tiempo…”. Rauschenberg citado por Barbara Rose en “Seeing Rauschenberg Seeing” [originalmente publicado en Artforum, 2008]. / Tensando la línea de influencia un paso anterior hay que tener en mente la obra Blanco sobre blanco (1918) del pintor ruso suprematista Kasimir Malevich; obra por él concebida como paradigma de su personal búsqueda de espiritualidad en el arte.
[25] Op.cit. Sloterdijk. p 55.
[26] Nancy, Jean-Luc. A la escucha. p 87.
[27] Sugiero el uso de esta figura ‘temporalidad sonora’ hablando del detallado dibujo del cerro para referir la relación de cercanía-en-distancia-recorrida que sugiere el trazo delicado y atentamente descriptivo que la conforma. Considerando el valor de la temporalidad que Cage subrayaba una y otra vez respecto a la existencia de todo sonido y silencio perceptible por el escucha, referir en el dibujo un paralelo de esta ‘temporalidad sonora’ nos permite recorrer con la mirada el orden y condiciones perceptibles como resonancias de la distancia tendida en este caso entre el cuerpo y el trazo.
[28] Op.cit. Sloterdijk. p 47.
[29] Refiriéndonos a la taciturnidad como ese silencio de algo que puede hablar, como alguna vez lo planteara Jacques Derrida en un sutil y preciso entendimiento del término por condición de (in)disposición.
[30] Recordando que Derrida sugiere entender el destinar como un “dejar constituirse en sistema de huellas”. Op.cit. Dar (el) tiempo. p 101.
[31] Sabiendo que ese descampado que hace la Laguna Salada y que vigila El Centinela es, desde hace varias décadas, un extenso y voraz cementerio a cielo abierto, silenciado de invisibilidad; siendo que su alta densidad salina descompone en corto tiempo los cuerpos que la violencia entorno destina a desaparecer sepultándolos entre sus tierras tendidas de impunidad.
[32] Dice en Tao: “Actúa sin acción, ocúpate de despreocuparte, saborea el desabor, ten por grande lo pequeño, ten por mucho lo poco.” Tao te king, Siruela. p 155.
[33] Ibid. p 39.
[34] La primera vez que John Cage se acerca al dibujo y a aprender técnicas de grabado fue por invitación de Kathan Brown en 1978 para una estancia en un taller destinado  exclusivamente para su experimentación en Crown Point Press (California). Más adelante, produciría un amplio cuerpo de obra entre grabados y acuarelas durante ocho años de visitas periódicas al taller que Ray Kass preparaba para él cada verano en Mountain Lake, Virginia, a partir de su primer visita en 1983.
[35] Siendo que para trazar estos grabados, Cage utilizó complejas ‘partituras’ que él configuró como instrucciones de disposición, cantidad y cualidades de línea dispuestas por la intensiva consulta del I Ching; de tal forma que sus composiciones plásticas participaron de la misma estructura creativa rigurosamente azarosa que buena parte de sus obras sonoras.
[36] Berger, John. Sobre el dibujo. p 126.


Ponencia impartida dentro del Laboratorio de Pensamiento · Encuentro Académico Internacional del Homenaje a John Cage curado por Lucrecia Piedrahita / Medellín, Colombia · septiembre 2012

27 de agosto de 2012

de colapsos y cuerpos impresos | this mountain collapsed and became a bridge




En otros términos,
no es cuestión de registrar el contexto,
sino de reflejar sus contornos,
de darse a imprimir un contexto.
J. Derrida



Intentando escribir desde el despliegue del pensamiento la condición que entrelaza y distancia a la filosofía de la literatura, Jacques Derrida apela al proceso de traducción como queriendo encontrar en su cauce una brecha evidenciable sobre los destinos de una y otra. Supone, tanto como duda, que aquello que puede denunciarse como filosofía logra sobrevivir a los procesos de traducción, quedando entre una y otra lengua, esa idea esencial que se sostiene más allá de la palabra —aún si supeditado a ella. La literatura, por el contrario, podría por completo desaparecer en el proceso de traducción, perdiendo no sólo su sentido sino su firma. Nada quedaría en obra de la literatura de sufrirse consumida por la traducción; de la filosofía sobreviviría ese filamento de verdad, a pesar de los embates de un idioma sobre el germen del pensamiento.

Al iniciar así las conversaciones en El gusto del secreto que Jacques Derrida sostuvo con Maurizio Ferraris, sus palabras no hacen sino advertirnos que el gran cisma, la inesquiva alteración, acecha siempre incansable a/en la escritura. Derrida afirma que, anticipando la deconstrucción, el pensamiento filosófico hizo por emanciparse del escrúpulo de la verdad y se atrevió a recorrer las venas de la escritura poética en busca de un hacer acontecimiento que asumía como condición el quiebre ante la comprobación y en ello guardaba la singularidad como certeza radical.

Cuando la fotografía aparece como mirada asestada en evidencia sobre el mundo a mediados del siglo XIX, una condición similar fisuraba el orden de la visualidad. En la literatura, el realismo se empeñaba en destinar la atención de la palabra sobre la minucia de los detalles para reducir distancias, se pensaba, para conocer(se) más de cerca; la óptica luchaba también por favorecer la captación verdadera de lo cercano, aún si intrascendente o aún incomprensible; el presente hacía por condensarse en sus detalles en una obsesiva alteración de la conciencia sobre su propia caducidad; para algunos, la fotografía parecía haber nacido para ello. Para otros, su decir habría de andar los linderos opuestos al empeño positivista, aún si compartiendo el derroche de su acontecer como eternización del presente.

Esa desprovista contemporaneidad cuyas urgencias en estela siguen imprimiendo el presente desbandado sobre el que fotografía Alex Dorfsman, dialogan entre bastiones cercados por las posibilidades, todavía, del saber decir alguna verdad literaria, o capturar —incluso poéticamente— los contornos de algún despiece filosófico. Lejos estamos de una mirada en registro positivista y sin embargo, la afición por hacer acontecer sus cualidades atestiguantes, reverbera en tensión paralela.

Tal es que antes o después de andar el tiempo de la observación incisiva, Dorfsman narra el accidente sin denunciar el orden de sus partes. Esa montaña que se colapsa para convertirse en un puente “es una suerte de gran sismo, de temblor general, y nada hay que pueda sosegarlo; […] [si] aún el mero enunciado está sometido a fisión”.[1] Dorfsman ha elegido dejarnos en vilo sobre la grieta que confiesa la verdad que sus imágenes persiguen o esconden de intuición convencidas.

Enunciando en esa primera oración que hace el título del proyecto —This mountain collapsed and became a bridge— Dorfsman juega con la verdad como si desafiando los linderos de la literatura, la filosofía y la fotografía; el violentado y silencioso acontecer que imprimen sus letras configura el sustento de una superficie que se desvanece. Re-signado (es decir, marcado de nuevo, inscripto por partida doble, herido por segunda vez; pero también inscribiendo de nuevo su mirada, en su nombre y su firma después de haber visto lo que acaso se hubo ya perdido, de nuevo, otra vez, esta vez ¿…para siempre?) Dorfsman nos participa de un estado desprovisto. Su fotografiar deconstructivo pone a prueba el ejercicio de la traducción entre la realidad y sus demarcamientos. Asumido el riesgo en cada disparo, decide sin saber los alcances que desenvolverán sus efectos, entregado al acecho (in)traducible de lo (in)visto. Pero Dorfsman sabe esperar los tiempos en los que el resplandor se consume de opacidad; sabe esperar los quiebres de la apariencia; sabe reescribir las frases sencillas hasta el enmudecer de su condena. Dorfsman sabe dudar de lo que se da a ver; para imprimir en cambio, sobre ello, lo visto. Aquel que se entrega sabe-sin-saber que ya ha visto.

Aseguraba Derrida sobre el sentido de la escritura como ejercicio de pensamiento filosófico en el querer hacer obra que “en definitiva es cuestión de producir performativamente no un contexto general, desde luego, sino cierto contexto, que no haya precedido ni circunscripto los enunciados pero que haya sido marcado por ellos.”[2] Su llamado a la entrega de sí en la escritura como cuerpo ejerciendo su ser singular cuando y siempre reconociendo su condición hospitalaria a la huella del otro, rastrea con tacto esclarecido el deambular del deseo vuelto visible del fotógrafo que nos ocupa. Las imágenes de Dorfsman no se sostienen en prenda de una determinada geografía, ni plantean completarse como tendidos territoriales de reconocimiento orgánico. Sus encuadres acuden al llamado de una similar insistencia más allá de los desplantes geográficos y culturales.

Después de un tiempo de convivencia desventurada si aferrada entre inquisiciones informativas, en sus tomas resulta asombrosamente claro el tono que susurran sus filiaciones. Performativamente, en el escrutinio sensible del entorno y las preocupaciones más íntimas en reverberación del cuerpo interno, Dorfsman descubre cómo inscribir su mirada de cuerpo vulnerado en el contexto; no ya a la inversa. Deja atrás los intentos fotográficos de captura y superioridad del que encuadra como puesta en marcha de una tecnología reproductiva. No ciñen sus colindancias formales la imposición seriada de un tema o un tenor, ni siquiera un estado anímico. No puede afirmarse que su universo visual se comporte entre réplicas hechas de pequeñas variantes advertidas de paciencia, costumbre y oportunidad. No hay aprendizaje por repetición, no hay encuentro sin desgarro. No sería así como las montañas se convirtieran en puentes.

La escritura de su pensamiento-imagen sucede en la decidida insistencia con que el joven fotógrafo ha venido configurándose un singular y único contexto. De sobra sabe que no es suficiente registrar por forma o concurrencia la vista dada de un paisaje —sea microscópico o inabarcable. A cambio, se da a imprimir dentro de sí la consistencia anímica, epistémica y climatológica de un mismo y continuado contorno de evidencias invisibles. Dorfsman ha aprendido a absorber esa duración que comporta lo visible incomprobable y que, a veces, parece haberse rezagado en el hueco devaluado de alguna humedad, o dentro del canto añejo de un borde oscurecido de hartazgo. Es cuando la mirada prefiere recorrer las concentraciones pasadas del presente, que se advierten sus dislocaciones y nuestra posibilidad de engarzarlas en el construir de un contexto reconocido, impreso dentro.

De otra forma, cualquiera lo sabe, resultaría imposible hacerse con una montaña, un puente. No habría en ello sustancia alguna que soportara el ejercer de la traducción; de imponerse una figura sobre otra, fracasaría su existencia narrativa como apuesta literaria tanto como su viabilidad en potencia reflexiva para enfrentarle en condición filosófica. De otra forma sino dentro, sería imposible soportar el colapso. De otra forma sino dándose a habitar por los latidos cimbrados de sus encuentros, sería imposible reconocer entre impresiones la poética verdad del universo.


Marcela Quiroz Luna


[1] Derrida, Jacques / Ferraris, Maurizio. El gusto del secreto. Buenos Aires: Amorrortu, 2009, p 22. (Il gusto del secreto, Roma: Gius. Laterza &Figli, 1997)
[2] Ibid., p 28.

26 de abril de 2012

tony orrico

"…sucede, tras un cierto tiempo, un espacio bidimensional, como un cuadro sin límites ciertos que formara un ángulo muy pequeño con el plan de tus ojos, como si reposase, no del todo perpendicularmente, sobre el puente de tu nariz, cuadro que, en principio, puede parecerte uniformemente gris, o más bien neutro, sin colores ni formas, pero que, rápidamente, sin duda, resulta poseer al menos dos propiedades: la primera es que se oscurece más o menos según cierres con mayor o menor fuerza los párpados como si, más precisamente aún, la contracción que ejerces sobre el trazo de tus cejas cuando cierras los ojos tuviera el efecto de modificar la inclinación del plano en relación con tu cuerpo, como si el trazo de tus cejas formase el eje, y, por consiguiente, a pesar de que esta consecuencia no parezca demostrable sino por la evidencia, el de modificar la densidad o la calidad de la oscuridad que percibes; la segunda es que la superficie de este espacio no es regular en absoluto, o más precisamente, que la distribución, el reparto de la oscuridad no se realiza de manera homogénea: la zona superior es manifiestamente más oscura, la zona inferior, que te parece la más cercana aunque ya evidentemente las nociones de cerca y lejos, alto y bajo, delante y detrás, han dejado de ser del todo precisas, es mucho más gris, es decir, no mucho más neutra como crees al principio, sino mucho más blanca, y por otro lado contiene…"[1]


no sé qué se pensará cuando uno decide iniciar un texto propio citando de tan larga y precisa manera las palabras de otro. y sin embargo, resulta imperioso hacerlo ahora, si quiero pretender que todos aquellos quienes no estuvieron ese sábado en el patio interior del munal, puedan medianamente compartir el despliegue pictórico-corporal que el artista/bailarín/coreógrafo tony orrico mantuvo aconteciendo entre su cuerpo, el papel y nuestra respiración durante casi cinco horas. 
partiré de un punto de visibilidad confusa y movimiento restringido como se sentía estar a un lado de orrico sobre el piso, escuchándolo trazar con los carbones en ambas manos, respirar entre cambios y esforzar desde el cuello la mirada. y sucede, me doy cuenta ahora, que este punto de visibilidad confusa y movimiento restringido no es distante del que se suele partir cuando se escribe. de varias maneras, lo han dicho grandes ‘escribientes’ (que no escribanos) como roland barthes; jacques derrida y edmond jàbes; es todo el cuerpo en estado de tensión y ansiado rendimiento el que anticipa la palabra. así, intentaré situar al lector en equidad de circunstancias con el artista que dibuja con carbón lo que sus brazos alcanzan, encuentran, repiten, reconocen y resisten desde el espacio que el cuerpo deja para sí cuando interactúa con una superficie plana y blanca colocada sobre el piso bajo el intenso rayo del sol de abril en la ciudad de méxico. intentaré también hacerle compartir lo que el cuerpo expectante sentía crecer dentro de sí con cada pequeño movimiento del ritual dibujante al que muy pronto se sentía compelido, llamado, comprometido y seguro de no querer dejar-ir. 




regresemos entonces a este punto de visualidad incierta capturado astutamente por georges perec para describir un espacio, por igual, cambiante a ojos vista. ese sábado, sobre ese gran papel de pulcro e intenso fulgurar, orrico intentaba abrir y cerrar los ojos con esa misma insistencia lúcida con la que perec iniciara ese, entre sus libros, escrito hace casi 50 años. paradójicamente, este libro que cito para explicar el acontecer de orrico, llamado un hombre que duerme, se dice que es el inicio de los ‘bartlebys’ –aquellos sujetos que de un día para otro deciden a todo responder ‘preferiría no hacerlo’ sin motivo aparente para su asumida ineficiencia. quiero creer que en alguno de esos instantes insolados de pupila lacerada, orrico quiso decir para sus adentros la anhelada y temida frase de todo aquel que cuesta arriba se detiene a pensar dos cosas: 1) cómo fue que llegó hasta ahí; y 2) cuanto será y cómo hará para soportar lo que le falta para llegar a la cima. y sin embargo, orrico, respirando en calma, balanceando rítmicamente los brazos a sus costados; siguiendo el ligero rebote de los golpes de carbón sobre el patio que iban dejando las trazas de los círculos más pequeños; contrayendo para extender la espalda y las piernas al ansia de continuar con los círculos más amplios; resistiendo la tensión desde el cuello hacia las rodillas y los talones desnudos; orrico siguió dibujando, como si aún después de todo ese tiempo siguiera en busca de los diámetros casi-perfectos que su cuerpo traduce en ciclos.

seguramente habrá quienes todavía desconocen la obra de tony orrico; quizá menos los que tuvieron la fortuna de verlo creando uno de sus dibujos ambidiestros (penwald drawings, como nombra a esta serie) en la saturada y sobrevaluada 'semana-maco'. el asunto es que, realmente, si no se conoce del proceso que les ha engendrado, los dibujos terminados –por seductores que resulten a la mirada táctil– no resuelven el enigma que el cuerpo ajeno alcanza a entrever más allá de la (a)simetría tan hospitalariamente humana que portan por fachada. y para verles-sin-verlo, tampoco serviría saber que como bailarín orrico ha formado parte de compañías tan reconocidas como la trisha brown dance company y shen wei dance arts; pues lo que sucede cuando orrico se mueve sobre el papel para dejar por huella los trazos de su cuerpo móvil tampoco corresponde a un ejercicio dancístico. ese sábado parecía que lo que pasaba con el hombre de las manos de carbón tenía más que ver con una forma de negociación y compromiso entre el cuerpo y una no-mirada que parecía empeñado en recordarse a sí mismo la condición de (no)ejercerla, una y otra vez. 

debe ser claro para cualquiera entender que no es fácil dejar de ver cuando se está seguro de que se tiene la facultad de hacerlo; cuando se está seguro de que el par de ojos que portamos son la mejor herramienta que tenemos para asimilar lo que tenemos enfrente. este ha ser uno de los primeros riesgos/retos con los que orrico se enfrenta en sus dibujos. no sólo porque suceden a tan corta distancia de tan amplia extensión que para cualquier ojo o lente sería imposible capturar del centro hacia sus bordes; sino porque en estos actos dibujísticos, lo último que pudieran ver (y verán) los ojos, es lo que las manos dibujan. ceder ante ese necio impulso por estar-viendo-mientras-dibuja implicaría para orrico no sólo una pérdida de concentración posiblemente irrecuperable, sino y sobretodo el peligro de restar de sí el ritmo del trazo que sabe y disfruta su no-videncia. ésta es, debe ser, una de las negociaciones más apremiantes que el artista(y su mirada) debe hacer con su cuerpo(bailarín). 


salvado el impulso, vencida la claridad y asumido el velado contacto de los ojos (casi siempre abiertos) con el papel, orrico se alimenta de una desbordante ligereza. y es esa ligereza traducida en libertad la que demuestra su cuerpo, a veces pareciera incluso envidiabemente segura de sí, cuando entre-trazos y sobre ellos gira y se extiende y se contorsiona y rebota y se vuelve a tender sobre los puntos de tensión geométrica (im)precisa que su posición va determinando en equilibrio reiterado y dialogada locación al ir haciendo los círculos en los que va dejando, uno a uno, el contacto residual de sus movimientos. resulta perfectamente evidente, cuando se está en co-presencia de ese cuerpo-dibujando, que sobre la textura izada de la duda, llega temprano un instante de reconocimiento donde el cuerpo se sabe habitar; es ese momento, revelado por el ritmo de la tímida y consistente sonoridad de los brazos batiendo y rozando una superficie antes neutra, cuando el cuerpo respira la (a)temporalidad misma de su potencia. es entonces cuando se invisibiliza en escucha el compromiso que el primer trazo había ya sellado. ese compromiso que reconoce como única arma, defensa y resistencia, el fruncir de las cejas en un intento, acaso vano, por mediar el exceso de luz que entra y la memoria de los gestos que escapan. 

sucede todo en ese instante siempre repetido, recuperado, redimido, cuando el cuerpo se arrodilla, que se reconoce la futilidad de las mediciones, los cálculos, las previsiones, los referendos. en ese entrecerrar de una mirada decidida a dibujar-lo-que-no-ve, se transforma el mundo. el cuerpo, transfigurado, recupera su ser trazado… historia, destino. el pensamiento desnudo por sobreexposición y palpable inadecuabilidad, se deja prensado entre las primeras vértebras cervicales; deshabilitado el peso de su condición-guía, durante las horas que dura el cuerpo en carboncillo, se atreve a no insistir.
cuando llegué al museo ese sábado, le comenté al joven en taquilla que venía a ver el performance de tony orrico. “se ve mejor desde el pasillo del primer piso” –me dijo con entera seguridad. yo le hice caso y subí directamente, sin pasar por el patio donde ya estaba orrico colocándose en el primer centro de círculo que demarcaría su ser arrodillado. calculo que las primeras dos horas las ‘vi’ desde arriba; obteniendo sí, una vista general perfecta del sentido y progresión de la pieza en su ordenamiento sucesivo en respuesta a los movimientos de un cuerpo ágil y esbelto. me dejé embrujar por los sonidos rebotados sobre el mármol del ritmo que cada tanto generaban ambos brazos ‘dejados ir’ a los costados, haciendo líneas nunca-uniformes y en cierta forma idénticas. a orrico sólo lo veía de espaldas y seguía el calor del sol sobre su nuca. sentía aún a distancia, la tensión en los pies y en la cadera cada vez que se preparaba para girar in extenso, brazos abiertos en circunferencia total. el hombre perfecto de leonardo acudía atmosférico, inevitable. desde arriba, el sentido ‘completo’ en formación y contexto de la obra era totalmente visible, ‘maniobrable’ incluso; el espectador dispuesto a la distancia de una vista en picada veía lo que quería ver: todo ese plano extendido y creciente que el artista no veía. cuando entendí los abismados ‘dones’ de esta condición-a-distancia y su precio fue que bajé. 

una vez en el patio me senté a la orilla del gran cuadro de papel. orrico iba y venía, lentamente, entre ángulos, situando su cuerpo hincado en sentido reflejado a sí, una y otra vez. a veces tan cerca que hubiera podido escuchar la concentración de su latir. fue entonces, apenas, que empecé a escuchar su acompasada respiración; y noté el esfuerzo por no-ver que buscaba tímidamente de un lado a otro su cabeza postrada. sólo desde ese mismo plano desde el que soportaba la tensión de su cuerpo el trazo pude escuchar el susurro del abdomen rozando el papel cuando el artista se extendía y contraía entre el estar arrodillado y el estar por completo tendido. 
hasta ese momento comprendí que el tiempo de la obra no era aquello que se iba gestando sobre el papel completando la secuencia de sus movimientos circulares y que con tanta claridad podía irse leyendo desde el pasillo perimetral del primer piso; a pesar de verla perfectamente no estaba, no estuvo nunca ‘ahí’ la obra mientras fue tiempo, sino en la creciente marca de grafito que fue poco a poco inundando los antebrazos, el canto de las manos y los dedos de los pies de un bailarín que dibuja cuando se mueve. sólo entonces aprehendí por primera vez lo que tantas veces he reflexionado e incluso citado de memoria de los estudios del sinólogo suizo jean-françois billeter al comprender de lleno, en cuerpo vivo, el proceso de la caligrafía china como experiencia de integridad vital, ese ‘cuerpo-propio’ al que sólo accedían verdaderamente algunos calígrafos en su hacer; ese estar completamente compenetrado del cuerpo y la acción sucediendo.  
y eso era justamente lo que tenía a un lado mío, durando entre mi respiración y su presencia sobre un piso de recinto entre los cuatro flancos de uno de los edificios históricos más apabullantes del centro de la ciudad de méxico. a esto se refería billeter; de esto ha hablado en silencio, durante siglos, el taoismo; eso fue lo que condensó barthes en su autobiografía al terminarla con el esquema del ser fibroso –nada sino impulsos vitales recorriendo el cuerpo hasta la punta de los dedos para hacerse inscripción –ser el trazo en la mano, hacerse en cuerpo-grafía. 
aquello que tony orrico nos ofrendó durante el desandar de una tarde, no fue sino el acontecer expuesto de su cuerpo-propio. confesando una a una sus batallas entregadas en registro de una secuencia de círculos imbricados dejando en ellos el esfuerzo, impulso, insistencia, decisión, debilidad y cansancio; dejando en ellos suceder su cuerpo. 


tony orrico (re)creó su dibujo penwald 8 en el ‘patio de los leones’ del museo nacional de arte invitado por la iniciativa curatorial marso (co-fundada por sofía olascoaga y marina magro) el sábado 21 de abril entre 1 y 6 pm | una exposición de sus dibujos y registros de proceso puede visitarse actualmente en el polyforum siqueiros.



texto e imágenes: marcela quiroz luna

[1] Perec, Georges. Un hombre que duerme. Madrid: Impedimenta. 2009 (1967) pp. 11-12.

23 de marzo de 2012

(in)digna mirada


En 1985, Jorge Luis Borges relataba en una conferencia algunas experiencias sobre su único viaje a Japón. Sin más, afirmaba haberse sentido en todo momento como un bárbaro injerto en una cultura milenaria y honorable. Guiado por una compañera de viaje de memoria joven y ojos certeros, Borges comparaba su personal estado físico ante tal emprendimiento transatlántico de esta forma: “en cambio yo, viejos ojos ciegos; mi memoria es pobre” –evidencias irreversibles que con un resto de resolución confesaba haber enfrentado así: (a pesar de ello) "traté de no ser indigno de aquel viaje."
De sobra se sabe que Borges vivió sus últimos años escribiendo desde una mirada ciega; sin embargo, no es frecuente entre sus escritos el enfrentamiento con esa condición de ‘indignidad’ que esta frase devela como íntima duda de pertinencia ante la invitación a conocer un país cuya visibilidad le permanecería ajena.
Sobre lo indigno y la ceguera atravesados por la palabra que entre ellos se excusa[1] andaremos a tientas siguiendo, por un momento más, a Borges en aquellas memorias: “Yo pude conversar con un monje de un monasterio budista. Este muchacho, de unos treinta años, había estado dos veces en el Nirvana; me dijo que él no podía explicármelo, y yo le entendí. Toda palabra presupone una experiencia compartida. Si yo digo "amarillo", se entiende que el interlocutor ha visto el color amarillo. Si no lo ha visto, la palabra es inútil. Bien, él no podía explicarme nada porque yo no había alcanzado el Nirvana.”[2]
Sobre la imposibilidad de la palabra para asignar lo invisto y exponer su potencia compartible también hablaremos, intentando, en este caso, comprender cómo sucedería, si tal, la indignidad de la palabra que desconoce; carece de; ha olvidado; o acaso, ha decidido perder su referente, y con ello, su lazo con el mundo.
Retengamos mientras tanto esa afirmación entonces comprendida en silencio por un hombre ciego frente a un monje: ‘toda palabra presupone una experiencia compartida.’[3]
Desde hace 17 años, el artista chino Song Dong escribe un diario de agua sobre una laja de piedra que casi de inmediato hace desparecer por absorción sus trazos. La escritura del diario trazada de invisibilidad destina en el no-dejar-de-sí, sólo el recuerdo del gesto en el cuerpo y su registro fugado en una serie de cuatro fotografías. La impermanencia escritural de su ser en desaparición dispone de una función poco usual a la mirada, pidiéndole no que exija de la superficie escrita la emergencia y soporte de un significado legible, sino la disposición para distenderse en estado de coexistencia táctil sobre la imagen como duración, más allá de la huella de los caracteres trazados de caducidad. La escritura que desaparece pide, conforme se absorbe, que la dejemos ir; como si nos diera permiso, lugar y dignidad en el actuar para no-verla. Como si –siguiendo en reverso la presuposición de Borges– fuera esa la experiencia compartida que la palabra quiere entregarnos en esta obra: su desaparición.



Se podría hablar aquí también de un carácter indigno e incierto, como si las memorias confesadas del artista carecieran de la dignidad suficiente para permanecer, y que por ello se entregara a la velocidad y contundencia de su absorción. Sabiendo que a pesar de capturar el acto en cuatro fotografías, sucederá primero la desaparición del signo antes de la completud del significado, de tal temporalidad fugaz que del artista restará intocada la (in)dignidad en (in)transcendencia de sus secretos.[4] [Esta hipótesis podría sin mucho esfuerzo sostenerse cuando se comprende el valor que social y culturalmente se ha destinado históricamente en la cultura china a la grafía y aquello verdaderamente digno de permanecer como palabra escrita para recordarse y durar como testimonio y legado. Cuando por otro lado, debemos recordar que la enseñanza taoista finca la verdad del actuar, de la existencia, en el gesto (aparentemente) inútil, ‘ineficaz’, aquel que no deja huella ni resulta conducente a una acción de ‘mayor importancia’.[5]]
En cualquier caso, si volvemos a Borges escribiendo en memoria de un antes de la mirada, podríamos casi estar seguros de que el escritor encontraría sentido en el reiterado gesto del artista chino por confirmar ese residuo de palabra incompartible que anida en el cuerpo. Ni la escritura de Dong es para leerse, ni el Nirvana es para ser narrado. Sería igualmente inútil intentarlo en ambos casos, perdería sentido el gesto mismo por semejar analogías con las huellas de un lenguaje de estancia insuficiente.
**Esto lo entiende Borges viajero cuando es dejado sin palabras o descubierto de ellas como si de (re)aparecer el lenguaje y sus significados compartibles le pudieran cubrir como un manto; un manto digno para portar la ceguera. Sin manto (el del lenguaje), el cuerpo es incapaz de portar narrativamente la experiencia. El monje sabe que de nada serviría intentar decirse para osar ‘acercar’ en palabras el Nirvana, pues serían palabras ciegas. Todo conocedor de la sabiduría del dao, sabe que de ello, de la vía, no se habla.
Borges escribe sobre lo que no ha visto con palabras que asumen su eficacia en la duración de su inexistencia. Enuncia así su forma de comprender lo intransmisible a la palabra de lo que tantos filósofos occidentales han hablado también (Roland Barthes y Jacques Derrida entre ellos[6]). Intransmisibilidad que ahora nos ofrece un estado de convivencia entre lo que las imágenes fotográficas de Song Dong captan en comprobación de lo invisible.**
El gesto del cuerpo que escribe un diario con agua precisa de una relación distinta entre el ser y la palabra de la que creemos o solemos disponer y dar por entendido. Sobre esta obra y su empeñada impermanencia he reflexionado ya muchos años; sin embargo, nunca había pensado en esta pieza desde el lazo de una relación de (in)dignidad entre la palabra(escritura) y la vista(mirada).
Pienso entonces que en la escritura del diario de agua sucede algo parecido a este intento de dignidad que Borges pretendía asumir; releyendo su afirmación parecería esconderse en ella algún resto de asumida futilidad inexplicable a sus anfitriones.
Las fotografías con que Song Dong registra uno de los muchos días de su proceso escritural acuoso intentan comportar un registro digno y duradero de un empeño íntimo y  seguramente también inútil (*como la mirada táctil del escritor sobre algún paisaje cuyo silencio anuncia el tenor indescriptible de sus bordes) buscando la forma de dejar un registro de experiencia compartible sobre aquello de otra forma incomunicable –*ya sea el decir íntimo de uno, o la impresión invisible del otro.
Me pregunto si ¿dejar por escrito aquella duda sobre la dignidad deseada por Borges, comparte en sustancia la humanidad de la confesión (in)visible del artista que hace por dignificar en obra su íntimo hacer de años habituado? Ambos hombres declaran a su modo la conciencia precisa y clara sobre el cuerpo (in)visible de su acción. Apelando a la súplica, al suplicio, al suplir de lo que, a pesar del tiempo, logra restar y queda como memoria de una palabra de aquello que –a pesar de ellos– pudo haber sido visto.
Preveo que aún estas palabras no se han detenido lo suficiente sobre eso que pretendo ver como (in)dignidad trazada entre estos hombres y sus obras, invocando entender sus refugios sin imagen en la palabra y sin palabra en la imagen.
Intentemos asirnos de la duración (in)digna de una palabra que se desvanece como la de una mirada que a pesar suyo no ve. Ambas confinadas a ser-sin-registro.
Si partimos del entender semántico de la palabra derivable entre su condición adjetiva y el obligado ser-sujeto hacia el que busco lanzarle: indigno/(in)dignidad tendríamos que traer a nosotros, a la escucha y al cuerpo, un afluente de sentimientos relacionados con la insuficiencia que sobre uno o sobre el otro se vienen encima para dejar sobre sí su estigma como marca indeleble. Tendríamos que habérnosla con la falta de mérito o derecho; con la insuficiencia de razones laudatorias; incluso con la ira que hace fruir la indignidad en indignación.
Pero posiblemente, entre las definiciones de sentido que comportan una fertilidad más en consonancia con nuestro comprender, hayamos de recurrir a aquellas que hablan de la indisposición y la incapacidad. Hemos de dejar en claro (entre su necesario enturbamiento) que los motivos para tal indisposición e incapacidad con que se relaciona el ‘ser indigno’ pueden ser tan variados como dudosos, pero en general apuntan a aquello que desde su estado de preparación para el viaje, condensaba ya Borges en tanto condición en-desventaja-asumida pero soportable (y en ello su durabilidad como capacidad de supervivencia); esta (in)dignidad tendería a verse entonces como un estado extensivo al resto de la experiencia vital y sus derivas reflexivas.
Como si a sabiendas del no-ver y su indisoluble capa de (in)dignidad el cuerpo asumiera desde la palabra un estado irresuelto frente a lo visible; irresuelto e insoluble. La dignidad que buscaba así la no-mirada de Borges frente al viaje aparentaría carecer de la solubilidad con que las palabras de (in)digna permanencia del artista chino solventarían su injustificada duración. Pero, establezcamos aquí la vertebralidad de la diferencia entre la ‘indisposición’ y la ‘incapacidad’. Hagámoslo pensando en un tercer momento de existencia entre un hombre y su invidencia –sea de imagen o de palabra.
En otro tiempo y contexto, pero negociando desde su lugar esas formas de estar entre la imagen y la palabra, el fotógrafo mexicano Gerardo Nigenda, retrataba desde su ceguera un espacio arquitectónico completamente borroso. Como sabiendo de antemano que esa mirada –la de los ojos y la cámara– no es la única, ni es necesariamente fiable, quizá tampoco digna[7] –entre la indisposición y la incapacidad que hemos ya llamado a ver para escuchar su distancia.

Resulta así, como varios de ustedes deben ya conocer la que fuera su costumbre de relación punzada con la imagen, que sobre la fotografía impresa –siendo esta precisa imagen a cuya memoria nos asiremos: la del patio del Centro Fotográfico Álvarez Bravo– Nigenda perforó en Braille una descripción perfectamente narrada del espacio que su cámara, como sus ojos juntos no-vieron(sino recorrieron); espacio que fotográficamente ambos, cuerpo e imagen, no-nos comparten(sino en evocación). Quizá, de verlo, el resultado por entero borroso de la toma fotográfica le pudiera parecer por entero inexcusable a algún otro fotógrafo o espectador que esperara en literalidad lo que Nigenda promete: enseñar en comprobación visible cómo es ese pequeño y cálido patio interior del CFAB en Oaxaca. Al contrario sucede, inmersos en la incapacidad descriptible de la imagen, nos encontramos como Nigenda a un lado de quien debe haber servido entonces como guía o acompañante para confirmarle en voz los contornos, dimensiones y colores de ese espacio, escuchando (en nuestro caso leyendo) la vívida narración de un encuadre arquitectónico habitado, que como imprecisión visual, ha sido literalmente inscrito sobre la imagen; seguramente conciente del (in)digno contenido descriptivo que la fotografía ‘sola’ nos ofrecería frente a su experiencia. Resultando que lo que la foto no nos dejará ver; la palabra en su narración penetrada nos hace tocar, para afirmar desde el interior de nuestro cuerpo una disposición para conocer lo que hubiéramos exigido ver. Quizá es que desde el principio no entendimos la promesa de Nigenda: no habría de mostrarnos como es, sino cómo se ve.
Se leen así sobre la superficie de la imagen las punciones de su descripción:
Pilares de color blanco. La pared tiene una enredadera color verde y las flores son moradas. La unión entre pilares está compuesta de plantas y macetas de color también verde. Las plantas son cactáceas en su mayoría. En el fondo se ve el vigilante, don Tino, y al fondo la entrada principal. El piso del primer patio es de cantera verde. La toma se realizó desde la parte posterior hacia el frente, por lo que se muestra la entrada.
Gerardo Nigenda. Primer patio CFAB
Pero Nigenda supo, seguramente desde el instante previo al disparo de la cámara, que aún de haber apresado una imagen de apariencia ‘perfecta’ (es decir en un sentido formal tradicional en cuanto a información tonal, juego de profundidades y contornos nítidos) restaría indecible lo que a él le interesaba compartir (en tanto convivencia durable) de un espacio. Sería insuficiente cualquier fotografía, o incluso un grupo de ellas, para condensar la familiaridad en la experiencia corporal que la narración punzada remite. Nigenda hace evidente en esta compenetración escritural sobre la superficie de luz impresa que reconoce con todo el cuerpo, la incapacidad de la fotografía para develar en la más plena (in)dignidad lo que a él le interesa entregarnos no como obra, sino como experiencia.
En perfecta resonancia y fe sobre la afirmación de Borges –‘toda palabra presupone una experiencia compartida’– Nigenda destina al lenguaje como marca legible la reinstauración de la dignidad en la imagen –en tanto don, capacidad y disposición. Una vez leída su descripción (que incluso enturbia aún más la superficie de lo visible retratado) el espectador lo entiende todo, sabe, reconoce, asume y agradece con vista borrosa, que ahí, en ese cuadro, sobre esas palabras que habría de saber leer con la punta de los dedos; de ese espacio que quizá nunca ha habitado, ya todo le ha sido dado; quien observa la imagen de Nigenda comprende que aún sin probarse digno de ello (dispuesto o capaz de recibirlo) le ha sido dado el don indecible del mirar que sobrepasa su designio –aquel del que un monje japonés la hablara en silencio a Borges.
En un gesto aparentemente contrario al de Song Dong, Gerardo Nigenda inscribe en la permanencia de la punción sígnica lo que no confía en destinar a los contornos (im)precisos de una fotografía no-filiada. Uno y otro, Dong y Nigenda, despliegan entre la imagen y la escritura un sentido particular de lo que ‘pueden decirse’ la una a la otra; ponen a prueba los sentidos y alcances de la mirada que guarda silencio y aquella que también ha aprendido a leer lo que no ve; distancian las posibilidades legibles de la escritura tanto como los destinos visibles de la imagen fotográfica. Entre ellos, cuestionamos nuestra propia dignidad sobre lo que (sabemos o no) recibir del mundo y sus contornos visibles o enunciables. Entre ellos, como si tuviéramos también que prepararnos mentalmente para un viaje en el que nos pre-visualizamos como salvajes enceguecidos, las obras de Song Dong y Gerardo Nigenda nos obligan a cuestionar lo que usualmente le pedimos a la mirada que cree saber distinguir sin prejuicio entre imagen y palabra. Recordando que entre los huecos de nuestras expectativas y las heridas de nuestras inseguridades, existe la posibilidad de convertir nuestra fragilidad en una experiencia compartida de cegueras desmontables.
Antes de concluir, recordemos a Roland Barthes hablando sobre la relación entre el arte y la escritura para sugerir un discurso que pudiera hacerse de ello sobre los linderos del goce; hablar del discurso estético, sugería Barthes, dándole a esa categoría una ligera torsión para alejarla de su fondo idealista y en cambio acercarla al cuerpo, a la deriva.[8] Hacerlo, atreverse a disparar una cámara estando ciego; asumirse en fortaleza y dignidad para viajar a un país ‘invisible’; enunciar por años el tiempo del alma sólo para constatar la propia transitoriedad; son formas asumidas en respuesta activa a esa propuesta lanzada por Barthes sobre la posibilidad de ‘recuperar’ el discurso estético.[9] Alejarse del idealismo del viajero convocado en plena lucidez; ausentarse del impulso por legarse en la escritura; fotografiar un espacio sobre el entendido de su sensación dimensionada exclusivamente por el cuerpo propio, es suponer que entre estas vías no sólo se habita la disposición y capacidad de asumir el goce de la experiencia derivada, imperfecta, incompleta e (in)digna; sino que las señas visibles de nuestra propia indisposición saben traspasar, atravesar, perforar y proyectarse dándonos (al tiempo inasignable del don) la silenciosa calma retribuida del decirse hacia otras duraciones –invisibles, inenarrables o desaparecidas– desde el reconocer de la propia insuficiencia –mediática, narrativa, corporal– compartida y complementariamente (in)digna.
Recuperar la conciencia de la debilidad que somos, sugería Derrida, es la única manera de dar lugar al acontecer. Si somos incapaces de reconocernos al amparo y en resguardo de las imágenes y las palabras que (re)creamos en tanto residuos de aquello que nos sucede y en su durar destina nuestro acontecimiento, no habitará en ellas la fuerza que nos permita dar a leer, dar a ver, nuestro existir siempre incompleto y siempre en busca de reconocerse olvidado en el decir del otro que mira sobre nosotros lo que somos incapaces de ver.



Imágenes:
Song Dong. Writing Time with Water. 1995 - a la fecha. 4 fotografías a color.
Gerardo Nigenda. Primer patio del Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. 1999. Plata/gelatina.


[1] Hablar aquí de una palabra que ‘se excusa’, es traer sobre el discurso esa palabra que intenta disculparse de su indignidad anunciada o padecida como condición de antemano explicada al otro, puesta frente a el, ofrendada en extracción.
[2] Jorge Luis Borges. “Mi experiencia con el Japón” - conferencia pronunciada el 8 de julio de 1985 en la sala Promúsica en Buenos Aires, Argentina. http://bibliotecaignoria.blogspot.com/2010/09/jorge-luis-borges-mi-experiencia-con-el.html
[3] No dejemos de notar que en ese momento entre-dos sobre la certeza de imposibilidad compartible del lenguaje para decir lo que uno demanda del otro, sucede ese otro tiempo de la palabra, cuando silente, reconoce su estar-en-reconocimiento; más allá de su ser reconocido o reconocible.
[4] El despliegue semántico y sintáctico entrecomillando el prefijo negativo (in) al que recurro al recorrer de este ensayo, se insiste para reiterar la condición no sólo dual o reversible de la palabra, sino injerta de su propio significado contrario; ya que al discurrir de la escritura estos conceptos van evaluando su propio acontecer y pertinencia dentro de sus propios confines. Entrecomillar el prefijo (in) lo encasilla y como unidad variable, le reitera aislado y aislable; no destinado por derecho dado a una cierta cualidad sustantiva o adjetivada sino en una determinada condición de colindancia que no le permite sino horadar dentro de sí, si ha de penetrar el sentido de la palabra a la que decide anteceder. Suspendido en este estado de colindancia diferencial sostiene en promesa su potencial endógeno sobre la palabra en la que ha de consumirse.
[5] Al respecto se sugiere la lectura del Tratado de la eficacia y el Elogio de lo insípido de François Jullien, ambos editados por Siruela.
[6] Entre otras figuras, Barthes avista esa intransmisibilidad de la palabra una especie de mirada al fondo del lenguaje, ligada a la tradición, pero aún, inasignable en nombre y consistencia. Derrida hablaría, entre otras cosas, de un resto, esa restance que no es cuerpo ni es escritura, pero que permanece en la letra sin destinatario preciso, pero cierto. Recordemos entre ellos la posibilidad de hablar de aquello que aún intransmisible, es ‘recibible’ en la escritura (distinción atendida no a profundidad por el propio Barthes en su ‘autobiografía’ como estado de existencia entre el texto y el lector, entre sus más conocidas categorías de lo ‘legible’ y lo ‘escribible’). Al respecto ver: Barthes, Roland. Roland Barthes por Roland Barthes. Caracas: Monte Ávila Editores. 1992. (1975) p 129.
[7] Pensando aquí la ‘dignidad’ en tanto estado de correspondencia entre términos que equivaldrían su valor o merecimiento de asignación; digamos por ejemplo, entre el espacio retratado y su imagen; entre la mirada humana y la de la cámara, etc.
[8] Ibid. p 94.
[9] Propuesta lanzada con un cierto descuido entre los muchos y variados apartados que componen Roland Barthes par Roland Barthes, ¿como si inseguro de la propia dignidad de la apuesta?